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La difícil relación de Castro con la prensa: relato de tres corresponsales
Última actualización:noviembre 29, 2016
Martinoticias.com

Los discursos maratónicos, su omnipresencia en los medios y su relación
con la prensa son algunos de los elementos que afloran en los recuerdos
de los últimos tres corresponsales de Reuters que cubrieron Cuba antes
de la enfermedad de .
Reuters se estableció en La Habana antes de la Segunda Guerra Mundial y
cubrió todas las grandes historias de la era de Fidel Castro tras el
triunfo de la revolución cubana en 1959, desde la invasión a la Bahía de
Cochinos hasta la enfermedad que lo apartó del poder en el 2006.

Tres corresponsales de esta agencia que trabajaron en el buró de La
Habana, -Frances Kerry, Andrew Cawthorne y Anthony Boadle-, comparten
recuerdos del polémico gobernante.

Frances Kerry

Cubría para Reuters el verano de 1994, época que la corresponsal
describió como “verano de desesperación y muerte”.

“Fidel Castro luchaba por la supervivencia de la revolución. La economía
estaba en ruinas tras el colapso de la Unión Soviética, que había dado
un apoyo clave a la isla por décadas, y aún faltaba para que las
reformas económicas tentativas lanzadas por Castro en 1993 mejoraran la
vida de la mayoría de los cubanos.

Muchos estaban cansados del “Período Especial”, el término con el que el
gobierno se refería a esta etapa signada por un ajuste económico.

Los discursos de Castro estaban llenos de palabras sobre la resistencia
de los cubanos y la dignidad, pero la vida real era frecuentemente menos
heroica. Las personas perdían peso y bromeaban sobre lo terrible que era
la y porque preparaban café usando los mismos granos una y otra vez.

Un goteo continuo de personas salía con rumbo a Florida en barcos
caseros que a veces eran tan rudimentarios como una cámara de llanta.
Hubo casos de robos de botes.

Castro arremetió contra Washington, reclamando que había
alentado las partidas y denunció su política de recoger balseros en el
mar y transportarlos como inmigrantes legales al país.

Los rumores de que algo sucedía en el puerto de La Habana el 5 de agosto
desataron un encuentro que luego se transformó en una protesta sin
precedentes contra el Gobierno en el centro de la ciudad.

Recuerdo mi corazón agitado mientras volvía a la oficina esa tarde para
enviar mi reporte. Era tan inaudito en ese tiempo ver a las personas
protestar. ¿Quién podría saber cómo respondería el Gobierno? ¿Estaba
Castro perdiendo dominio de la situación?.

Pero justo cuando las cosas parecían estar entrando en un espiral fuera
de control, Castro dio muestras de esa astucia política que lo
caracterizaba y en parte explica la permanencia de la revolución cubana,
así como ciertamente explicaba la fascinación que generaba reportear
sobre sus largos años en el poder.

Las demostraciones fueron dispersadas por fuerzas de seguridad.
Acompañado por falanges de partidarios organizados, Castro arribó a la
zona de protestas en un jeep y la transformó en una manifestación a
favor del Gobierno.

Luego, asestando un golpe maestro en los días que siguieron, anunció que
si Estados Unidos no cambiaba su política sobre los inmigrantes cubanos,
el Gobierno de la isla no buscaría detener más a quienes quisieran dejar
la isla, y en su lugar haría la vista gorda.

Fue una válvula de seguridad que permitió que los más desesperados se
fueran. Castro había permitido una ola similar de descontento con el
éxodo de Mariel en 1980. Esto también arrojó el problema directamente a
Washington.

Hacia fines del verano, más de 30.000 cubanos habían dejado la isla y al
permitir un éxodo, Fidel Castro pasó la pelota al presidente Bill Clinton.

Esto obligó a Washington a frenar la bienvenida a los cubanos recogidos
en el Estrecho de Florida, y propició un acuerdo bilateral en septiembre
sobre una inmigración más “ordenada” que incluyó el otorgamiento anual
de 20.000 visas a cubanos.

Fue un verano de desesperación y muerte para algunos de los balseros que
no lograron sobrevivir, pero también un verano que demostró la astucia y
la obstinación de Castro.

Andrew Cawthorne

Durante el tiempo que estuve en Cuba (1998-2002), no era difícil toparse
con el elocuente comandante en jefe.

Nosotros, el pequeño cuerpo de prensa de La Habana, lo perseguíamos en
inauguraciones de estatuas, en reuniones solidarias de mujeres y en las
despedidas en los aeropuertos a los dignatarios extranjeros.

A veces, las conferencias eran indeseablemente largas sobre temas
profundamente aburridos y a horas impías. Otras veces, unas cuantas
palabras suyas nos hacían correr para que nuestras oficinas las
transmitieran al mundo.

“Ah, el rubio de Reuters”, diría al verme. “¿Cómo está tu esposa?”. Ella
es venezolana, un punto a mi favor para los cubanos. “Bueno, ¿qué te
dicen tus maestros de Washington que escribas hoy?”, Esa era su
respuesta recurrente y breve a preguntas incómodas.

Una vez me convocó a mí y a otros tres jefes de agencias de noticias
para regañarnos a la 1 de la madrugada en una austera oficina en el
Palacio de la Revolución por una historia.

La cita comenzó con intimidantes y molestas palabras de un Castro con
cara de Zeus sentado en un sillón delante de nosotros, pero después de
que se calmó, las cosas terminaron con algunas risas y una historia al
día siguiente en mi computadora que se titulaba algo así como: “Fidel
Castro dice estar ‘como un adolescente’ después de los rumores sobre una
enfermedad”.

También hubo debates incómodos en televisión en vivo. Una vez, cuando
traté de cambiar el tema del prejuicio anticubano sobre el dopaje en el
atletismo internacional a la política, me dijo delante de la nación: “No
creas que no te conozco a ti y tus intenciones y a quién le estás hablando”.

A la mañana siguiente, mi teléfono no dejaba de recibir llamadas de
disidentes cubanos para “agradecerme” por “enfrentarme” al Comandante,
así que decidí tomar unas vacaciones de una semana para bajar mi perfil
en la isla.

En un distante complejo turístico a orillas de la , el gerente me
reconoció por mi aparición en la televisión estatal y me dio un apretón
de manos cálido, una habitación gratis y una enorme cesta de frutas.

El encuentro fue una cena extraordinaria durante toda la noche, hacia
finales de 1999. A pesar de que parecía ser un período históricamente
excepcional de acceso a Fidel Castro para los corresponsales
extranjeros, éramos un grupo difícil que se había estado quejando en voz
alta ante los funcionarios comunistas porque habían pasado semanas desde
que habíamos hablado por última vez con el barbudo.

La respuesta fue típica de Castro: “¿Quieres acceso? Bien, ven a cenar
conmigo y haz tantas preguntas como quieras. ¡Toda la noche!”.

Entramos en un gran comedor en el Palacio de la Revolución a eso de las
6 de la tarde y nos sentamos alrededor de una enorme mesa con Castro y
sus principales ministros mientras nos servían comida y vino.

A las cuatro de la madrugada apenas habíamos conseguido una que otra
palabra relevante entre sus respuestas de varias horas y nos gritábamos
con los ojos, “¿Cómo salimos de aquí?”.

Justo cuando un colega estaba a punto de levantarse y hacer un
agradecimiento para irse del lugar, otro le preguntó a Castro sobre “sus
puntos de vista sobre América Latina al iniciarse el siglo XXI”. En su
forma típicamente didáctica y ampulosa, nos dio sus puntos de vista,
empezando por la Patagonia y casi llegando a Centroamérica cuando salió
el sol.

Habiendo pasado la mayor parte de la tarde anterior diseñando algunas
preguntas posibles y asumiendo que como corresponsales experimentados no
seríamos engañados por el astuto viejo, nos fuimos sin nada nuevo y nos
dirigimos a nuestras camas agotados.

Anthony Boadle

Llegué a La Habana en 2002, cuando Fidel Castro se enfrentaba al desafío
sin precedentes de una oposición de alcance nacional, organizada por el
católico Oswaldo Payá.

Unos días después el movimiento, que comenzó con él repartiendo
panfletos en una bicicleta, consiguió un gran impulso del ex presidente
de Estados Unidos Jimmy Carter. En una conferencia en la de
La Habana, con Castro sentado en primera fila, Carter mencionó el
Proyecto de Payá, una petición firmada por 11.000 cubanos que
demandaban reformas democráticas.

Según los términos acordados para la visita de Carter, la prensa estatal
cubana debía reportar con precisión sus palabras y el periódico oficial
del Partido Comunista, el Granma, debía reproducir su discurso completo
dos días después. Fue la primera vez en que la mayoría de los cubanos
oyeron del movimiento de Payá, que siguió creciendo en la isla. Pero no
por mucho tiempo.

En marzo del año siguiente, cuando toda la atención mundial estaba
puesta en la invasión de Estados Unidos a Irak, el Gobierno de Castro
acorraló a 75 disidentes y rompió la columna del movimiento de Payá.
Hasta hoy, los grupos disidentes siguen divididos en bandos que están
bien infiltrados por la policía secreta.

A un amigo diplomático le gustaba decir que había dos cosas que
funcionaban increíblemente bien en la distopía orwelliana y tropical de
Castro: el control político y el mercado negro.

Los funcionarios encargados de tratar conmigo eran corteses y amistosos,
pero severos a la hora de reprenderme.

Irónicamente, no les gustaba que se hablara de un país comunista, pese a
que el Partido Comunista era el único en la isla.

La única regla vital para sobrevivir como corresponsal en La Habana era
nunca invites a un disidente a tu casa, sólo a la oficina, donde
personal infiltrado podía informar a las autoridades. Cuando estuvo
claro que el hogar era para mí el hogar, dejaron de pinchar mi teléfono.

El acceso a la información nunca fue fácil con un Gobierno donde nadie
se atrevía a hablar fuera de lo establecido y las preguntas siempre eran
trasladadas a “el jefe”.

Sólo en cinco ocasiones pude cruzar palabras brevemente con Castro. En
una, en respuesta a una pregunta de 10 segundos, me respondió durante 45
minutos, incluyendo referencias al pacto Molotov–Ribbentrop entre nazis
y soviéticos.

Esta nota se hizo con información de agencias noticiosas.

Source: La difícil relación de Castro con la prensa: relato de tres
corresponsales –
www.martinoticias.com/a/cuba-reuters-corresponsales-recuerdan-fidel-castro/134376.html

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