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El miedo a la
MARÍA DE LOURDES MARIÑO | Washington | 1 de Diciembre de 2016 – 07:25 CET.

Por estos días muchos han celebrado la muerte de , excepto,
por supuesto, los comunistas de vieja y los intelectuales de
extrema izquierda, pero me llamó la atención el incierto malestar de un
grupo de cubanos de mi generación, 70-80. Estos eran presa de una suerte
de melancolía por la muerte del “Comandante” que no logro entender. La
mayoría viven fuera, probablemente ninguno se ha vinculado antes o
después de irse a alguna acción de tipo política (de la ideología que
sea) para cambiar las cosas en Cuba, pero aun así estaban “tristes”.
Estos “tristes” intentaban defender su derecho a la tristeza, a no
celebrar la muerte, se sentían turbados. Actúaban como parte de esa
ciudadanía que creció creyendo que Fidel era inmortal, que lo sabía
todo, y que explicaba las cosas “malas” porque “Él” no lo sabía.

Durante los últimos días me he preguntado qué significa esa melancolía.
Quiero leerla como síntoma cultural. ¿Ideología? (Alianza secreta del
comunismo internacional). ¿Moral? (No se debe uno alegrar por la muerte
de otro como muchos decían.) ¿Nostalgia de qué? ¿Por qué la turbación?

Estos melancólicos son prisioneros de los símbolos de la infancia, es
precisamente con esa suerte de cariño infantil que sufren su melancolía.
Ellos son, sin dudas, revolucionarios sentimentales, aunque tal cosa
parezca una contradicción en sus términos. Y es que ahora que nos
acercamos al final de la historia, pareciera que la herencia mejor
lograda por la Revolución Cubana ha sido la herencia sentimental.
Porque, quién lo diría, después de las guerrillas impulsadas por toda
Latinoamérica, los fusilamientos, las detenciones arbitrarias, las
escuelas en el campo y la guerra de todo el pueblo, lo único que queda
para los que aún se reconocen dentro de ese mapamundi es un apego que va
más allá de toda racionalidad (tonadilla de Marco Antonio Solís).

Creo que estas reacciones son las consecuencias claras del perverso
experimento social a que nos hemos visto sometidos en Cuba. Una suerte
de campo de concentración masivo donde se repite una misma voz, una
figura, unos gestos, por más de 50 años; y cuando escapas descubres que
tienes esa imagen metida en el cuerpo, que no serátan fácil deshacerte
de ella. Es una muestra de cómo el aislamiento y la indoctrinación sí
funcionan, de cómo no basta escapar del país para aprender a ser libre.
Porque la primera libertad viene de adentro, de saber cuestionar las
verdades que te imponen, de hacerte las preguntas incómodas todo el
tiempo, aunque nadie te escuche. La libertad viene después de reconocer
que has vivido en un sistema que impone el miedo, y que estás por
consiguiente aterrado de atravesar la línea que ellos demarcan. Aterrado
de hablar y relacionarte con los que la cruzan.

Muchos cubanos emigran para no verse forzados a atravesar esa línea.
Abandonan la Isla y su sistema, abandonan a su Fidel, pero viven la vida
entera sin atravesar la puerta de la Libertad. Sin hacer un recuento
claro sobre los hechos y la historia más allá de la necesidad material
que a todos nos ha agobiado.

Qué terrible ha sido esta historia que nos ha convertido en extranjeros
en la propia casa, que nos ha obligado a abandonar el país, pero a vivir
sin traspasar por los límites que nos impusieron, porque esa nostalgia
es una piedra de molino con las iniciales F.C. Haría falta un exorcismo,
una profanación colectiva, un despojo, un maleficio, para quitarnos de
encima la mala sombra del que ha confinado a Cuba y los cubanos a
vivir perpetuamente en el miedo a la libertad.

Source: El miedo a la libertad | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1480537522_27094.html

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