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Los verdaderos ladrones del patrimonio nacional
Los peores traficantes, aunque la prensa oficialista señale a los
turistas extranjeros, habitan el palacio de la Revolución
Miércoles, noviembre 23, 2016 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- Bajo el sugerente título “Espejitos por oro”, acaba de
ser publicado un extenso reportaje a dos planas completas en la edición
dominical del periódico oficial Juventud Rebelde (Hugo García, 20 de
noviembre de 2016), donde se aborda el siempre interesante tema del
tráfico de “objetos y documentos patrimoniales” de la Isla, y del
trabajo conjunto de agentes de la y especialistas del Registro de
Bienes Culturales (RBC) para impedir que “nuestras propiedades
espirituales más valiosas sufran la expoliación internacional”.

Todo sugiere que el incremento del extranjero, que se ha estado
verificando en los últimos años, ha aumentado el comercio ilícito de
objetos que son considerados bienes patrimoniales.

En el caso del reportaje de referencia, el internacional de
Varadero, en la provincia de Matanzas, fue elegido por el autor para
documentarse sobre el tráfico del patrimonio. Allí fue informado que
gracias al celo de los especialistas en los controles de la frontera en
esa terminal aérea “durante más de 20 años se han rescatado miles de
piezas, con valor cultural y profesional”, que turistas extranjeros han
tratado de extraer del país. La lista de objetos que suelen decomisarse
a los traficantes y que son considerados como patrimonio cultural mueble
incluye “documentos, fotografías, artes decorativas, pinturas, dibujos,
esculturas”.

Varias fotografías que ilustran el trabajo periodístico muestran varios
de esos objetos incautados a los pasajeros: una colección de relojes de
bolsillo, un juego de tocador de plata del siglo XIX, una colección de
armas antiguas, una placa conmemorativa, una tosca imagen en bronce de
la Virgen de la Caridad, un libro antiguo, una colección de carteles de
propaganda nazi de la Segunda Guerra Mundial y una colección de
fotografías donde aparece el ex Invicto, difícilmente digna de ser
considerada Patrimonio de la nación.

Un comentario desprejuiciado sobre el tema obligaría a aceptar el
legítimo derecho que asiste a cada nación de proteger y conservar su
patrimonio cultural. Sin , el Decreto 118/83 (Reglamento para la
Ejecución de la Ley de Protección al Patrimonio), que define en Cuba el
patrimonio de la nación, resulta extremadamente ambiguo, parcializado y
anacrónico.

Según refiere una funcionaria del RBC, citada en el reportaje, dicho
Decreto establece que el patrimonio “está integrado por aquellos bienes,
muebles e inmuebles, que constituyen la expresión o el testimonio de la
creación humana o de la evolución de la naturaleza, y que tienen
especial relevancia en relación con la arqueología, la prehistoria, la
literatura, la educación, el arte, la ciencia y la cultura en general”.

Sin embargo, es sabido que las instituciones estatales encargadas de
determinar la naturaleza y valor del “patrimonio de la nación” en una
sociedad bajo un gobierno autocrático representan los intereses del
Poder, y es éste en última instancia quien se reserva el derecho de
decidir a voluntad sobre el uso y destino de ese patrimonio. De esta
forma, los términos patrimonio de la nación y propiedad del Estado que
definen de jure propiedades públicas, en el régimen castrista se funden
en uno solo para definir lo que de facto es heredad particular del clan
Castro.

Es por eso que reconocer acríticamente los derechos patrimoniales de los
que ufana la prensa oficial equivaldría a consentir la arbitrariedad de
ese Poder autocrático, representado en las instituciones a su servicio,
en detrimento de los derechos de los cubanos sobre el patrimonio de la
nación y el suyo personal.

Así, pongamos por ejemplo, mientras a un cubano común no se le permite
el legítimo derecho de disponer libremente de bienes familiares, dígase
un reloj de bolsillo de oro heredado de un abuelo –que no puede vender a
un coleccionista extranjero so pretexto de que pertenece al “patrimonio
de la nación”– o de otros de su propiedad particular, las instituciones
del Estado se arrogan el derecho de disponer inconsultamente de los
bienes patrimoniales de la nación, ya sea para medrar a su costa, para
ocultarlos o para destruirlos.

La línea entre el patrimonio privado y el “nacional” se desdibuja cuando
entran en juego los intereses del Gobierno, hasta tal punto que, si bien
en la legislación abundan los términos que engloban al segundo, no se
establecen definiciones para el patrimonio personal (patrimonio
privado). Y esto es así porque patrimonio es sinónimo de propiedad, un
término excomulgado del diccionario comunista. Por tanto, puede
afirmarse que en Cuba el patrimonio privado mueble y comerciable no existe.

Pero, volviendo al reportaje del libelo oficial, ¿acaso las fronteras
del país son el escenario principal de la depredación del patrimonio de
la nación debido al auge del turismo y a los manejos de los traficantes
internacionales? Afirmar esto sería ignorar que las mayores pérdidas
patrimoniales se han producido desde y en el interior del país a lo
largo de casi seis décadas, responsabilidad de la desidia de la cúpula
de gobierno y de sus funcionarios. Los peores traficantes del patrimonio
habitan el palacio de la Revolución.

Una parte de ese patrimonio ha salido al exterior justamente con el
objetivo de alimentar las insaciables arcas del gobierno. Es el caso de
ciertas pinturas de autores famosos, pertenecientes a los fondos del
Museo de Bellas Artes, que han sido subastadas o vendidas a museos y
coleccionistas privados extranjeros.

Otro hecho repetido ha sido la apropiación de piezas únicas y valiosas
del Patrimonio para decorar espacios cerrados del Poder, como es el caso
de la pieza arqueológica de arte aborigen taíno conocida como “Ídolo del
Tabaco”, que adorna un salón de la sede del Consejo de Estado, muy lejos
de las miradas de los legítimos dueños del patrimonio nacional.

También han desaparecido muchos de los carísimos muebles y adornos que
decoraban los espacios interiores del Capitolio desde los años en que
estuvo ocupado por la Academia de Ciencias. La feroz rapiña fue obra
tanto de ciertos altos funcionarios y directivos de la Academia de
Ciencias –como el muy respetable Antonio Núñez Jiménez, entre otros
acreditados revolucionarios– como de decenas de investigadores y
subalternos que dispusieron impunemente del patrimonio público.

Podría extenderse el listado del patrimonio fantasmal con el misterioso
destino del diamante del Capitolio, o del desaparecido clavo de oro a
los pies de la estatua de José Martí, en el Parque Central de La Habana.
O habría que incluir entre los daños patrimoniales irreversibles la
brutal destrucción de la Biblioteca del Senado, cuando en 1987 el Magno
Orate concibió el (también) fallido proyecto de fundar en el mayestático
edificio insignia de la República la mayor biblioteca de ciencia y
tecnología de Latinoamérica.

El sistemático saqueo de los más antiguos y valiosos fondos de la
biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, la primera de
Cuba y una de las más ricas colecciones bibliográficas del país, hoy
casi aniquilada, fue otro daño infligido impunemente al patrimonio
histórico y cultural de la nación.

Podríamos abundar en ejemplos sobre la pérdida de otros muchos
exponentes de nuestro patrimonio nacional, o añadir otros tantos
comentarios sobre el laudatorio reportaje del periodista de Juventud
Rebelde, pero sería tan inútil como redundante. El evidente (des)enfoque
que exhibe en el tratamiento del tema demuestra que no tiene la menor
intención de comprometerse a fondo.

Baste cerrar estas reflexiones con una breve consideración sobre el
párrafo que inicia su trabajo y que, en referencia al comercio ilícito
de bienes patrimoniales y los bajos precios en los que supuestamente los
nacionales los venden a los turistas– reza textualmente: “Aquella
práctica de cambiar espejitos por oro a inicios de la conquista
española, cuando los aborígenes se deslumbraban ante las bisuterías,
parece regresar en esta época”.

No, García, no ofendas la memoria colectiva de los cubanos. En realidad
“aquella práctica” no está regresando “en esta época”, sino que data de
unas tres décadas atrás, cuando a finales de los años 80 y principios de
los 90, en el lapso breve de la agonía y muerte de la URSS y sus
satélites, la amenaza real de un futuro sombrío comenzó a proyectarse
sobre la Isla y desató una desesperada búsqueda de divisas,
protagonizada por el llamado “Departamento MC”, de triste recordación,
perteneciente al Ministerio del Interior.

Hasta entonces, solo unos pocos elegidos –funcionarios oficiales,
técnicos y estudiantes extranjeros, y marineros– podían comprar algo en
las “diplotiendas” y “tecnitiendas”, así que, aprovechando la miseria de
casi la totalidad de la población de la Isla, se abrió en la avenida 31
del municipio , en la capital, la famosa “casa del oro y la plata”,
popularmente rebautizada como “casa de Diego Velázquez”, en las que “a
precio de animal enfermo” el Estado usurero tasaba las joyas y objetos
de oro y plata de miles de infelices que así perdieron lo más valioso de
su patrimonio familiar, a cambio de “certificados” que les permitieran
comprar unos pocos bienes de consumo imprescindibles, como ropas,
zapatos o algún efecto electrodoméstico, a los que de otra manera no
hubiesen podido acceder.

Señor García, no se pueden lanzar esas piedras cuando el tejado propio
es de vidrio. Al parecer usted padece de una grave amnesia selectiva,
pero con seguridad los cubanos jamás olvidarán la humillación y la pena
de aquel abusivo trueque en que el más ladrón de los gobiernos que haya
fustigado jamás a esta Isla se apropió del oro de los infelices
“aborígenes” a cambio de algunos deslumbrantes “espejitos”.

Source: Los verdaderos ladrones del patrimonio nacional | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/los-verdaderos-ladrones-del-patrimonio-nacional/

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