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Populismo y demagogia en Baracoa
EUGENIO YÁÑEZ | Miami | 11 de Octubre de 2016 – 08:38 CEST.

Cuba es posiblemente el único país en el mundo en el que sus habitantes,
después de quedarse sin viviendas, muebles, equipos eléctricos,
vestuario, medicinas, alimentos y , por los destrozos de un
gigantesco huracán, se sienten “felices” porque el cacique los visita.
No esperanzados, reconfortados, ni ilusionados, sino “felices”.

Al menos eso dice el Granma, órgano propagandístico del Partido
Comunista de Cuba (PCC). Tras visitar Raúl Castro la ciudad de Baracoa,
catastróficamente destruida por el huracán Matthew, se hizo pública la
“Decisión del Gobierno Revolucionario”, cualquier cosa que eso
signifique, de que el presupuesto estatal financiaría el 50% de los
costos de los materiales para reconstruir o reparar las viviendas
destruidas total o parcialmente.

Pero a los precios que el Gobierno vende los materiales de construcción,
aun rebajándolos al 50%, seguirá recaudando sumas leoninas por productos
de dudosa calidad. ¿Financia el régimen a los cubanos, o los cubanos
financian al “Gobierno revolucionario” hace más de medio siglo?

Quienes no puedan pagar al contado los materiales (serían muchísimos
baracoenses) podrán recibir créditos a bajo interés para adquirirlos,
pero el inconveniente persiste. Con los salarios de miseria que paga ese
“Gobierno revolucionario”, ¿cuánto tiempo necesitarán los damnificados
para pagar los créditos, aunque no hubiera intereses?

Quienes ni siquiera puedan aspirar a créditos deberán solicitar
bonificaciones o subsidios totales o parciales con cargo al presupuesto
del Estado. Lo cual no garantiza que se les otorgarán, pero al menos
podrán entretenerse un tiempo con esa ilusión.

Supuestamente, lo que se ha diseñado para las poblaciones dañadas en la
provincia de Guantánamo se basa en las experiencias de Santiago de Cuba
tras el paso del huracán Sandy en 2012. Lo que no dice la prensa
castrista, pero todos saben, es que todavía quedan viviendas sin reparar
en aquella ciudad y con sus habitantes malviviendo en albergues, y que
la corrupción, desvío de recursos, robos y chantajes campean por sus
respetos tras cuatro años de demagogia y paternalismo estatal sin que se
resuelvan realmente los problemas más acuciantes de los damnificados.

Allá quienes piensen que en situaciones de catástrofes existen
condiciones para sublevaciones populares espontáneas. El castrismo sabe
perfectamente que es todo lo contrario: quienes lo han perdido todo no
piensan en rebelarse, sino en sobrevivir; y saben que el Gobierno es la
única opción de recibir ayuda en primera instancia, aunque sea poca y
mala. No van a arriesgarse a perder más aún por incorporarse a una
aventura borrosa y difusa con final impreciso y abierto.

Por eso el populismo no descansa. Raúl Castro salió a recorrer Baracoa
en una “maratónica jornada de amor y confianza en la Revolución”, como
dijo Granma en cursi titular. Cuando ya la Seguridad del Estado había
tomado las medidas necesarias para que no ocurrieran imprevistos, y los
escoltas le rodeaban no tan discretamente.

Entonces aparecieron los infaltables. Mientras grupos (¿de militantes?)
gritaban vivas a los hermanos Castro y la revolución, alguien exclamó al
general: “Estamos felices de tenerlo aquí con nosotros”. De nuevo, no es
que estuvieran esperanzados, reconfortados, o ilusionados, sino felices.
Peculiar concepto de la felicidad.

Pero Raúl Castro dejó entrever cosas no tan optimistas: una obra vital
para la ciudad, el puente de casi 300 metros sobre el río Toa, que
comunica Baracoa con Holguín, colapsó. En ese mismo lugar señaló: “Habrá
que restaurar todas estas heridas”. Pero para que nadie se hiciera
ilusiones, recalcó: “va a tardar un poco”. Algo así como hacerlo sin
prisa pero sin pausa. Una vecina le señaló que “la revolución no nos va
a desamparar jamás”, y Raúl Castro respondió: “nunca”. Pero de hecho ya
están desamparados.

Sin , en algo sí se diferenció de : cuando alguien
del pueblo le gritó “gracias por su visita”, Raúl Castro respondió: “No,
gracias a ustedes, por su resistencia”. Aunque esa respuesta solamente
fuera pura cortesía y protocolo, el Castro mayor nunca hubiera hablado
así, pues se considera por encima de todo y de todos, convencido de que
habría que darle las gracias a él por haberse dignado a “bajar al nivel
del pueblo”.

Curiosamente, Raúl Castro está demostrando algo poco a poco. Siempre fue
considerado un simple segundón a la sombra del hermano mayor,
intelectualmente mediocre y poco carismático. Pero no lo ha hecho peor
que Fidel Castro (siempre sería muy difícil hacerlo peor que el
Comandante). Ni ha destruido el país con la saña y persistencia con que
lo hiciera Castro I. Y ha logrado cosas que aquel, a pesar de su fama de
estadista brillante y persona inteligente, nunca consiguió.

No es para felicitar a Raúl Castro por su obra, ni por su complicidad
con el hermano mayor. Pero habría que reconocerle que está sabiendo
manejar populismo y demagogia casi tan bien como su hermano y, en
ocasiones, mejor.

Source: Populismo y demagogia en Baracoa | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1476156046_25923.html

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