Facts, not fiction
Calendar
October 2016
M T W T F S S
« Sep   Nov »
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31  
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
Translate
EnglishFrenchGermanItalianPortugueseRussianSpanish
Archives

Percepción, sustancia y presidentes
[20-10-2016 01:06:16]
Julio M Shiling
Escritor y politólogo

(www.miscelaneasdecuba.net).- La política de la percepción (“The
Polítics of Perception”) fue un film de corto metraje hecho en 1973 y
exhibido en el Décimo Primero Bienal de Arte Moderno de Paris, entre
otros lugares. Este ensayo fílmico de treinta y tres minutos, buscó
desglosar el artilugio de la manipulación de la imagen y el contenido en
la industria cinematográfica. El mismo no tenía nada que ver con la
política per se. La política, sin , no escapa lo que sustenta la
trama del film.
La fabricación de espejismos en la política, no es obra exclusiva de
dictaduras. Modelos democráticos también atestiguan semejante práctica,
pero claro con mucho más timidez y reparo, ya que la función de una
prensa libre, entre otras cosas, está la de salvaguardar la verdad y
fomentar el juicio crítico e investigativo. Procesos políticos
democráticos tan sofisticados como el estadounidense no han sido
eximidos de ese fenómeno. En los como en otras democracias, la
capacidad para manipular la imaginativa a favor de un candidato
particular, típicamente se ha ejercido por medio del uso de verdades a
medias, de la descontextualización de lo ocurrido, la falsificación de
conceptos complejos económicos, políticos y cívicos, la revisión de la
historia y la descomposición del idioma. Por eso una prensa libre es
indispensable en el ensayo democrático.

En estas elecciones presidenciales en los EE UU, hemos visto una dosis
potente de las manipulaciones que el corte metraje mencionado
previamente intentó ilustrar. Lo que se percibe en una figura
presidencial, no siempre se acota a su capacitación, medido en lo que
logra para bien del país. Una breve vista de algunas presidencias
estadounidenses, nos da a pensar sobre las contradicciones inherentes en
algunos casos entre la percepción y la realidad.

De acuerdo a un estudio de 2006 realizado por Dean Keith Simonton que
proponía medir el cociente intelectual de los presidentes
estadounidenses, Jimmy Carter sacó la mayor puntuación en el proyecto
del profesor de psicología de la de California. Otros
estudios con la misma finalidad, también le han concedido al trigésimo
noveno presidente norteamericano, una posición privilegiada. Jimmy
Carter fue, adicionalmente, un connotado lector rápido.
Intelectualmente, poseía las credenciales necesarias para que fuera un
gran jefe ejecutivo.

Medido desde todos los ángulos que se puede calificar una presidencia,
la de Jimmy Carter fue un fracaso rotundo. En aras de la economía, dejó
a los EE UU en una de las peores recesiones en la historia. Tan
desastrosa fue su política económica, que logró materializar lo que los
economistas keynesianos decían que era una imposibilidad: la
estanflación (“stagflation”). Este fenómeno que combinaba inflación
alta, crecimiento económico bajo y desempleo alto, caracterizó la
economía estadounidense bajo la administración de Carter. En el entorno
de política exterior, su estadía en la Casa Blanca fue aún más desastrosa.

Todavía hoy, treinta y siete años después, el mundo no ha dejado de
padecer los azotes del terrorismo de Estado de la dictadura de los
ayatolas. La negligencia crasa del gobierno de Carter de abandonar al
Shah de Irán, un aliado fiel del Occidente, sólo ha servido al caos
mundial. El islam radical (chií y suní), partió a partir de la
revolución islámica en Irán en un yihad global que persiste hasta el día
de hoy. El comunismo internacional, ese otro enemigo visceral de la
democracia, vio bajo el reloj presidencial de Carter, vivió un apogeo
mundial. Para un presidente que se abanderó del concepto moderno de los
, nunca demostró mucha energía en querer promover esos
derechos fundamentales dónde mandaban comunistas. Siempre guardó su
discurso más vehemente para dictaduras autoritarias que, curiosamente,
combatían regímenes o movimientos subversivos marxistas.

Le toco a otro presidente, Ronald Reagan, revertir la hemorragia de
que el derrotismo de Carter dejó. Reagan, entendiendo que el
mayor de los derechos humanos era la libertad, se propuso derrotar al
comunismo soviético y lo logró. Los vituperadores del antiguo actor de
Hollywood decían que no estaba calificado para ser presidente, que nos
llevaría a una guerra nuclear, que era un simplón, etc. El
vaquero-presidente no solamente tuvo resultados excelentes en el entorno
de la política internacional con su promoción abrumadora de la libertad
y la democracia a través del orbe, sino convirtió la economía
norteamericana en una maquinaria de prosperidad como nunca se había
visto antes en la historia, dejando atrás la inercia económica crónica
que tipificó los años setenta.

John F. Kennedy es otro de los hijos preferidos de la élite mundial.
Reunía casi todo lo que un buen político debía de poseer en la era de la
electrónica: elocuencia, modales, inteligencia, buena presencia física,
cultura, etc. Lo que le faltaba, sin embargo, era estar capacitado para
ser el jefe ejecutivo de los EE UU. Prácticamente todo lo que tocó, lo
arruinó.

Quitando un trecho de crecimiento económico, producto de los recortes de
impuestos para estimular la economía y proporcionar una mayor torta
económica (principio de economía de oferta o supple-side), la
presidencia de JFK fue terrible, juzgada por el mundo que dejó. Los
soviéticos barrieron el piso con el príncipe de Camelot. La debilidad y
vacilación que su traición a los cubanos demócratas que lucharon en
Girón evidenció, sirvió para convencer a Nikita Khrushchev que Kennedy
era flojo y un novato sin brújula de propósito. El Muro de Berlín, los
cohetes en Cuba, la expansión de la subversión comunista en el Tercer
Mundo, etc., fueron todas reacciones comunistas a la blandenguería que
percibieron de JFK. La pérdida de del Sur, otro problema en la
imagen norteamericana, fue producto de la política fallida del primer (y
único) presidente católico en los EE UU.

Los objetivos loables que tuvo la Administración Kennedy, como la
promoción de los derechos civiles, fue su sucesor quien lo concretó.
Lyndon B. Johnson, un tejano que la élite estadounidense ridiculizaba
por sus modales crudos y costumbres campesinas, nunca encajó en los
círculos íntimos del gobierno de Kennedy, precisamente, por la impresión
que ésta administración, llena de intelectuales y académicos de alto
perfil, tenía de este hombre oriundo del campo. Curiosamente, Johnson
fue el presidente norteamericano que más legislación logró pasar y fue
el que tuvo que enfrentar la papa caliente de Vietnam que le dejó Kennedy.

Franklin Delano Roosevelt en el entorno de la economía, para algunos fue
la persona que salvó al capitalismo y para otros quien convirtió una
recesión en una depresión severa por su política económica estatista.
Éste es otro ejemplo de un presidente que los historiadores y la cultura
lo han tratado con manos de seda. En el ámbito de la política
internacional, es cierto que la derrota del fascismo europeo ocurrió
bajo su gobierno. Sin embargo, su trato con el comunismo permanece
condenable y fue criticado fuertemente por otros líderes como Winston
Churchill, que vieron en la Unión Soviética un “aliado” en que no se
podía confiar. Los hechos le dieron la razón al gran británico, ya que
la plaga imperialista del marxismo-leninismo colonizó cada rincón que
pisó. Su vicepresidente, Harry Truman, heredó una nueva guerra contra un
sistema que anotaría considerablemente más víctimas y que aún persiste
hoy. Truman, un hombre simple pero fuerte, nunca concluyó sus estudios
universitarios.

El actual residente de la Casa Blanca, es otro ejemplo emblemático de
una presidencia norteamericana fallida que ha logrado evadir la censura
merecida. La maquinaria ingeniosa de Barack Obama ha logrado formular
una percepción benévola de su gobierno. Esta maquinación lamentable lo
ha conseguido tergiversando los hechos, los conceptos y el lenguaje, ha
convertido su tutelaje de la rama ejecutiva en una presidencia imperial,
azotado la democracia norteamericana con su uso indiscriminado y
autoritario de poderes ejecutivos, importándole poco sobre el principio
democrático sacrosanto de la separación de poderes y en todo momento,
contando con un mutismo complaciente de los medios de comunicación y la
cultura dominante. ¿Por qué ocurre esto?

Obama es la personificación de lo que siempre busca ese consorcio, raro
e informal, que es la élite cultural y los intereses comerciales
monopolistas. El cuadragésimo cuatro presidente norteamericano reúne
todas las características de esta clase de político: intelecto, discurso
convincente, apariencia patricia pero con lazos emocionales pronunciadas
hacia lo plebeyo. Estilísticamente hablando, es presidenciable. Su
record presidencial, sin embargo, es pésimo cuando se coloca los hechos
en un contexto histórico.

Es cierto que Obama heredó una recesión profunda, producto de una
complejidad de factores que incluyó, entre muchas cosas: una falta de
liquidez (después de haber tenido un exceso de la misma), inflación
inmobiliaria, agencias paraestatales respaldando préstamos de alto
riesgo y transfiriéndolos disfrazados luego a instituciones financieros
en instrumentos de inversión, regulaciones gubernamentales y leyes
contraproducentes, etc. No es menos cierto, sin embargo, que la
racionalización de Obama en el 2008 de cuál era la causa del problema
era inválida (culpando al mercado por el problema). Era de suponer que
el recetario también estaría errado y el resultado ha sido nefasto,
cuando tomamos en cuenta que esta recuperación ha sido la peor en
sesenta años.

En política exterior, Obama ha sido aún más negligente. El islamismo
radical, tanto el suní como el chií, ha tenido avances impresionantes
desde que éste tomó las riendas de la presidencia estadounidense. Irán,
ISIS, Siria, la Hermandad Musulmán, Yemen, Libia, etc., son sólo algunos
ejemplos de la ineptitud olímpica de su gobierno en su relación con el
fundamentalismo islámico. Rusia y su imperialismo ha vuelto a tener un
lugar en el escenario internacional, gracias a Obama. La política
concesionaria hacia Cuba comunista, donde lo único que su administración
le ha interesado ha sido el comercio, ha revertido años de trabajo que
buscó establecer un estándar de gobernanza democrática.

Las encuestas muestran que Obama goza todavía de popularidad. Esto de
validez a la noción que, en la política, la percepción vale más que la
sustancia y lo concreto. Puede ser que la historia revierta esa
popularidad, cuando sus políticas fallidas tomen fuerza y tenga que
venir un sucesor para apagar los fuegos que quedarán. ¿Quién estará en
mejor posición para cambiar el curso? En estas elecciones hay dos
candidatos muy imperfectos y con distintos enfoques.

Hillary Clinton es de la estirpe de la clase política pulida, élite y
con experiencia. El problema es que es, precisamente, en el campo de su
experiencia donde radica su talón de Aquiles. Tráfico de influencia,
enriquecimiento ilícito, negligencia crasa de manejar información
clasificada, obstrucción de la justicia, todos son cargos potenciales
que si los estándares de la justicia norteamericana si aplicaran
equitativamente, con alta probabilidad Hillary Clinton estaría
cumpliendo una condena por actividad criminal. En lo perceptivo, la ex
ministra de Estado, ex senadora y ex primera dama, no cabe duda, que es
presidenciable, hablando en términos de impresión.

Donald J. Trump, sin dejar de ser inteligente, no es un hombre culto.
Esto es innegable. Su aptitud como orador es pobre. No posee un
vocabulario vasto y es rústico hasta al punto de parecer la antítesis de
lo que constituye ser articulado. Autoritario, crudo, egocéntrico, etc.,
han sido otras de las caracterizaciones con que lo han descrito sus
detractores bipartidistas y muchos de sus admiradores también. Si
fuéramos a intentar de calificar a Trump como “presidenciable”, en un
sentido estrictamente preceptivo y despojado de otras variables de
examen, apostaría que la impresión que predominaría sería la de, parecer
éste muchas cosas, pero no “presidenciable”. Después de hacer un
escudriñamiento histórico de algunos presidentes norteamericanos,
fijados en lo que percibimos y luego contrastado con la realidad
empírica de sus records y legados, hallamos muchas sorpresas.

Este noviembre la nación norteamericana decidirá, democráticamente, en
las urnas quién será el próximo presidente. ¿Mirarán a la historia y los
estereotipos falsos que ha producido? Percepción vs sustancia, esa es la
cuestión.

Source: Percepción, sustancia y presidentes – Misceláneas de Cuba –
www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/5807fc683a682e050068e906#.WAitT-B976Q

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *