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El que no se ve
Todavía para los cubanos, especialmente los blancos, la discriminación
racial sigue siendo un tema incómodo
Jueves, octubre 6, 2016 | Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba.- El pasado domingo 2 de octubre, cuando asistí a la
presentación en el Art Emporium de Miami del libro La huella africana en
Cuba, de Juan Antonio Alvarado, y los números 6, 7 y 8 de la revista
Identidades, pude apreciar que todavía para los cubanos, especialmente
los cubanos blancos o que dicen serlo, sigue siendo un tema incómodo el
de la discriminación racial.

Apenas pudieron abundar sobre el tema los panelistas, el líder opositor
Manuel Cuesta Morúa, la activista Martha Adela Tamayo y el escritor José
Hugo Fernández. A la mayoría de los asistentes, que se negaban a admitir
la existencia del racismo entre cubanos, se les hacían incómodos los
términos “afrocubanos” y “afrodescendientes” y cuestionaban la
existencia dentro de la sociedad civil contestataria de organizaciones
dedicadas a la lucha por la reivindicación de los negros —como
Ciudadanos por la Integración Racial—, ya que según plantearon algunos,
traban y crean desunión entre los que luchan por la y la
democracia, y en contra de un régimen que pisotea los derechos tanto de
los negros como de los blancos.

Es comprensible que esto ocurra particularmente entre los cubanos de
Miami: el exiliado tiende a la idealización de la patria, a olvidar con
facilidad sus defectos.

Argumentos tales como que ser cubano es más que ser blanco o ser negro,
han sido repetidos desde los tiempos de la Guerra de Independencia,
empezando por José Martí. Pero de poco han valido. No por ello nuestra
nación ha sido más inclusiva. Todo lo contrario. Convenientemente
manipulados, esos argumentos han servido para neutralizar a los
discriminados y, encima de eso, hacerlos que se sientan culpables.

Ocurrió en 1912, cuando el ejército masacró a los Independientes de
Color. Y al principio de la revolución de , cuando luego que
el nuevo régimen declarara el fin del racismo barriéndolo debajo de la
alfombra, se hizo impensable que un negro pudiera estar en contra de la
revolución, a la que debían estar eternamente agradecidos, ya que según
aquel símil rabiosamente racista, “les había cortado la cola, los había
bajado de los árboles y los había hecho personas”.

No se asombre por la frasecita. Cualquier cubano se sabe varios
chistecitos y refranes a costa de los negros. Como ese de que “los
negros, si no la hacen a la entrada, la hacen a la salida”. O cualquier
otro, porque hay muchos.

También están los mitos —que “las negras son calientes”, y los negros,
desmesurados atletas sexuales—, los prejuicios, los clichés —“sólo
sirven para la música y el deporte” y “para atraer turistas con el
folklore y la brujería”, como acotaría algún que otro funcionario
preocupado por la recaudación de divisas para las arcas del Estado—. Y
la mala fama: que si son chusmas, vagos, problemáticos, propensos a
delinquir, etc. Puede preguntarle a cualquier agente de la eximia
Policía Nacional Revolucionaria.

Y que nadie niegue la existencia del racismo basado en la cantidad de
parejas interraciales y el mestizaje resultante, porque al respecto le
puedo recordar aquello de “los piolos”, “los blancos y las blancas
sucias”, lo de “adelantar la raza” y las quejas de las madres y abuelas
que se aterran ante la posibilidad de tener que “peinar trencitas”.

El régimen revolucionario dio por terminada la discriminación, pero
luego del impulso inicial no hizo más. Si acaso, ya que todos éramos
iguales también en las prohibiciones, proscribió la santería, el
ñaniguismo y demás religiones de origen africano y hasta la rumba, esos
rezagos del pasado capitalista, ese atraso, como mismo había hecho antes
con el catolicismo, el protestantismo y los testigos de Jehová.

Hoy, luego del desmadre que significó el Periodo Especial, algunos altos
dirigentes y los “Tío Tom” con permiso oficial para opinar al respecto
reconocen la persistencia del problema racial, pero explican que se
trata básicamente de un problema cultural. Y tienen razón. Solo que con
tales admisiones no basta para desarraigar los prejuicios raciales que
impregnan el imaginario colectivo de los cubanos.

Así, los negros y mulatos siguen en minoría en el Comité Central y el
Buró Político, también en los roles protagónicos de la TV, en el Ballet
Nacional y como empleados de las paladares y los centros turísticos,
donde solo pueden ir, si la policía no se lo impide, como jineteras o
pingueros. Y son la abrumadora mayoría en las cárceles y los solares. Lo
cual no impide que la inmensa mayoría de los cubanos blancos sigan
negados a reconocer la existencia del racismo entre nosotros.

Pese al creciente mestizaje, la población cubana, a la par que se hace
más vieja, se hace más blanca. Eso, según los datos del último censo de
población. Olvídense de la cantidad de negros y mulatos que se ven en la
calle. Recordemos que en los censos, las personas, si no tienen rasgos
ostensiblemente negroides, suelen declararse blancos. Y las muchachas y
muchachos que no lo son, se esfuerzan en aparentarlo, que para eso están
el desriz, la queratina y el recurso de no coger demasiado sol y pelarse
bien rebajado, para que “la pasa por pelo pase”. Ojalá pusieran en otros
asuntos el empeño que ponen en negar o disfrazar su identidad.

No me gusta dramatizar con este tema del racismo, que Cuba no es la
Alabama de hace 60 años ni la Sudáfrica del . Doy la razón a
los que se oponen a crear más divisiones de las que ya hay en el campo
prodemocrático y desviar la atención del objetivo principal, el fin de
la dictadura. En democracia iremos resolviendo los demás problemas. De
acuerdo. Pero es que se están acumulando muchos, demasiados…

luicino2012@gmail.com

Source: El racismo que no se ve | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/el-racismo-que-no-se-ve/

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