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A veces llegan cartas con sabor amargo
Sobre el epistolario de Virgilio Piñera publicado por la de
Pittsburg
Viernes, octubre 28, 2016 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- Adoro recibir cartas. Recuerdo con gusto la
insistencia del silbato y el chillido que advierte el nombre del
elegido, el dichoso destinatario. El cartero lleva una mano a la bolsa,
hurga y saca el sobre que muestra, como si de un trofeo se tratara. Ahí
comienza la alegría que significa recibirla.

Nunca asocié, al menos mientras fui niño, a las cartas con algún “sabor
amargo, con un sabor a lágrimas”, como decía aquella canción que Raphael
hiciera tan popular. Tenía la certeza de que llegaban para anunciar las
buenas nuevas. La tía Juana escribía desde Union City y sus pliegos se
leían con goce enorme, aun cuando mi tía contara que en medio de tanto
frío nos extrañaba mucho y que sufría por no vernos.

Siempre creí que las malas nuevas solo llegaban a través de telegramas
que debían ser leídos en voz baja para romperlos luego, para entregarlos
a las fuerzas destructoras del fuego; pero las cartas no, las cartas
eran conquistas que debían guardarse con sigilo. Eso creía cuando era un
niño.

Esa pasión por los epistolarios no se esfumó jamás, aunque en estos días
de sea poco correspondida. Incluso en este país es casi una
rareza recibir una carta a través del postal, y las extraño.
Ahora se reciben en la computadora, se responden y se envían de
inmediato a la papelera de reciclaje, sin reconocer todo lo que se
pierde cada día, cuánto testimonio de la vida echamos al fuego del
ciberespacio.

Las epístolas son el ejercicio de escritura más común. Una carta
resulta, en ocasiones, mucho más reveladora que un discurso a la hora de
reconstruir la historia. Son incontables los epistolarios que han
servido para repasarla. No se podría prescindir de las cartas que
escribiera María Antonieta a su amante sueco Hans Axel de Fersen a la
hora de entender la revolución francesa. Famosas son las cartas de Joyce
a su amada Nora Barnacle y las de Kafka a Milena. Mucha claridad nos
traen esas cartas. En la carta queda lo más íntimo, allí se fijan las
alegrías y las angustias, lo que no es bueno decir en voz alta.

En las cartas hacemos fluir un chisme o juzgamos a un país. La palabra
que se fija es más duradera, y poco importa que pase un tiempo dormida
en la gaveta de un clóset o de un buró si aparece luego, como sucedió
ahora. A La Habana llegó Thomas F. Anderson con muchos ejemplares de un
solo título en su maleta. El académico norteamericano viajó con ese
tomito de más de doscientas páginas que apareció publicado en la
colección Clásicos de América del Instituto Internacional de Literatura
Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh. Piñera corresponsal: Una
vida en cartas es el título, y reúne epístolas que escribiera el autor
cubano a su amigo, también escritor y cubano Humberto Rodríguez Tomeu,
quien vivía en Buenos Aires. La primera de todas está fechada en La
Habana el 4 de noviembre de 1958 y la última, en la misma ciudad,
también en noviembre, pero de 1976.

Este título acaba de ser presentado esta semana en el Ateneo de La
Habana. En la presentación estuvieron el académico Thomas F. Anderson y
el escritor y albacea de Virgilio Piñera, Antón Arrufat, junto a un
nutrido grupo de interesados en la obra de Piñera. Los asistentes
recibieron, gratis, un ejemplar de esas cartas.

En su lectura encontraremos un mundo de cosas, una realidad poco
conocida. Virgilio cuenta de su vida, de su entusiasmo con la revolución
triunfante. Tanta era su euforia que no cesa de invitar al amigo para
que vuelva a la Habana y se enrole en todo lo que aquí sucedía. Por las
cartas conocemos la visión que tenía el escritor de esos años en los que
se desempeñó como periodista en Lunes de Revolución, de su trato con los
demás escritores que allí publicaban. El hombre lioso podía hacer largas
y pintorescas descalificaciones de Guillermo Cabrera Infante, para
elogiar luego su ayuda.

Su espíritu inquieto le hace enumerar sus lecturas y deja muy claras las
opiniones que le producían, y poco importaba que sus autores fueran
reverenciados clásicos si es que intentaba denostarlos, mientras hacía
el elogio del libro de un autor poco conocido.

Muy poco duró esa euforia de Virgilio: pronto supondrá el viaje como la
única solución a sus problemas, y hasta sueña, para conseguirlo, en
algún trabajito en la Consejería Cultural de una embajada; de entre
todas prefiere la de París. Supone que su conocimiento del francés y sus
dotes de escritor le permitirían un gran desempeño, pero nunca
conseguiría ese anhelado puesto. Las explicaciones que le ofrecen lo
desconciertan, lo llenan de dudas.

Virgilio se queja pronto y pide dinero a Humberto, una y otra vez, y
cuenta también de las “carnitas” a las que se enfrenta, esas que unas
veces serán monumentales obras de la literatura y en otras ocasiones el
cuerpo de algún hombre al que jamás nombra. Se angustia porque sus
libros pasan demasiado tiempo en la imprenta. Escribe de Electra
Garrigó. Es visible el entusiasmo del dramaturgo cuando estrena su obra
más famosa, y reverencia la asistencia Jean Paul Sartre y de Simone de
Beauvoir a una función; anuncia que a la representación del próximo
jueves asistirá , lo que jamás sucedió.

Piñera cuenta sus lecturas y también un partido de canasta con Zaida y
con Pepe Rodríguez Feo, con el actor Enrique Santiesteban, sin saber
entonces que este último, unos años más tarde, lo llevaría moribundo al
de donde jamás saldría. Virgilio da los pormenores de una
fiesta en Guanabo y menciona a sus invitados, y sin transiciones, habla
de la Crisis de Octubre, de las trincheras que se abren por doquier, del
miedo.

“¿Te dije que me compré un juego de cartas?”, así pregunta y, sin pausa,
asegura que la noticia más importante del día es el ataque que le
propinó Raúl Roa después que el él dejó claro sus criterios sobre la
poesía de Rubén Martínez Villena, y vuelve al juego asegurando que junto
a Arrufat consiguió una canasta de monos. En otra arma una algazara
porque recibió, desde Londres, un cepillo de nylon para lavarse los
dientes: “Un cepillo es todo un mundo”, asegura, quizá contemplando su
regalo y echando a la basura el viejo y gastado…

Los días y los años harán más visibles sus angustias, el miedo crece.
“Todo es hiel. Estoy harto”, asegura, y también se queja de que aquellas
sábanas y toallas que comprara hace mil años en Buenos Aires están
desechas, y que no habrá modo de reponerlas. El país se deshace como sus
sábanas y sus viejas toallas.

Para Virgilio no hubo rectificaciones y murió en el más oscuro
ostracismo. Ahí están las cartas para probarlo. Este tomo es testimonio
de lo que sería su vida después de 1958 y hasta su muerte. Con este
epistolario podemos reconstruir parte de su historia, pero también la de
Cuba. Estas cartas son el testimonio de un hombre viejo que se enfrenta
a una nueva realidad, y también el nuevo proceso de aprendizaje de un
hombre adulto donde se irán imprimiendo nuevos signos, todos reveladores.

Esta correspondencia es también tabula rasa donde se estampan sus
saberes, que luego servirán para entender el destino del país y de sus
hombres. Esta tabula rasa es testimonio del dolor y la desesperanza que
vivieron Virgilio y otros tantos, la que viven muchos todavía. En ella
aparecen relatados los hechos que distinguieron a una época de la vida
cubana. Estas cuartillas permiten juzgar, comparar las verdades de un
hecho, comprobar la intolerancia y el desprecio al que se vieron
sometidos él y millones de cubanos.

Piñera es testigo hábil y congruente a la hora de relatar las
circunstancias en las que vivió durante sus últimos años, esos que
coincidieron con una “revolución” que lo aisló y lo obligó al silencio y
al ostracismo. Una de las bondades de este tomo es el hecho de que
aporta credibilidad a una parte de la historia de Cuba que fue callada.
Virgilio habla con exaltada sinceridad de hechos que algunos no
vivieron. Escribió cartas para abrirse con el amigo y para salvarse de
tanto dolor, sin conocer que muchos años después serían testimonio de
toda una época de la historia cubana. Este es el testimonio inmediato de
un hombre sufrido y marginado, del hombre que estuvo muerto, aunque
conservara algo de su vida.

No hay dudas de que cuando se cierre este tomito habrá que dar un poco
de razón a Raphael, quien creía que a veces llegan cartas con sabor
amargo, con sabor a lágrimas, y también tendremos que dar gracias a
Thomas F. Anderson, y a la Universidad de Pittsburg por este empeño.

Source: A veces llegan cartas con sabor amargo | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/a-veces-llegan-cartas-con-sabor-amargo/

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