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“A mí, que me den candela… y que el Vaticano me perdone”
No se prevé que la última prescripción del Vaticano sobre las cenizas de
los difuntos cale en las costumbres cubanas
MARCELO HERNÁNDEZ, La Habana | Octubre 26, 2016

Frente al mural del juicio final, una mujer se acercaba este martes al
sacerdote de la capilla ubicada en la Necrópolis de Colón en La Habana.
“¿Es verdad que ya no bendecirá a los fallecidos que serán cremados?”,
le preguntó sin rodeos. La mujer se había enterado, por un nieto con
acceso a , de la prohibición del Vaticano de esparcir las
cenizas de los difuntos, dividirlas entre los familiares o conservarlas
en casa.

“Si es un católico se le harán las exequias fúnebres”, responde el padre
Miguel Ponce con tono concluyente. La señora insiste, preocupada por las
noticias que llegan desde Roma, pero el cura no pierde la paciencia y
explica que “la Iglesia no aplaude la incineración; siempre es
preferible el entierro en un cementerio”.

Bajo el inclemente sol de octubre se alzan relucientes las lápidas del
cementerio más “poblado” del país. El “reparto boca arriba”, como le
llaman jocosamente los habaneros, está al borde del colapso, con cerca
de medio centenar de enterramientos cada día.

La ciudad de los muertos donde el padre Ponce intenta calmar a la
angustiada mujer se erige en la capital cubana precedida por una portada
de estilos románico y bizantino diseñada por el arquitecto español
Calixto de Loira. “Incluso aquí es donde deben estar las cenizas. Nadie
debería lanzarlas al mar o a un río, deben estar en un lugar sagrado.
Eso no es nuevo, siempre ha sido así y es un deber de todo católico
cumplirlo”, sentencia.

La nueva versión del Instrucción Ad resurgendum cum Christo es clara y
determinante al respecto. “En el caso de que el difunto hubiera
dispuesto la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza
por razones contrarias a la fe cristiana, se le han de negar las
exequias”. El Vaticano parece quedar un poco lejos todavía de la
cotidiana dinámica de la necrópolis cubana.

El camposanto habanero está atravesado de norte a sur por la Avenida
Cristóbal Colón y Obispo de Espada, mientras que de este a oeste lleva
el rótulo de Fray Jacinto. El edificio que acogía la tienda de
accesorios relacionados con el último adiós está actualmente en
reparación y un improvisado contenedor exhibe desde mapas del lugar,
hasta velas y diversas ánforas para depositar las cenizas de los difuntos.

Estos recipientes se han convertido en los últimos años en un rentable
“nicho de mercado” para alfareros privados que compiten en osadía de
diseño, colores y tamaños. Durante el mediodía de este martes, varias
personas elegían a su gusto la urna para un familiar fallecido. “Me
gusta esta azul, que era el color preferido de mi padre”, dice una
mujer, mientras otra busca una más grande, “donde quepan mis dos abuelos”.

Hay para todos los gustos, también pequeños recipientes para que la
familia pueda dividir las cenizas, algo que el nuevo documento católico
prescribe. El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el
cardenal Gerhard Mueller, ha explicado que “los muertos no son propiedad
de los familiares”, por lo que no pueden repartirse sus restos.

En los crematorios habaneros no abundan las dudas metafísicas y no
parece que la demanda, que en ocasiones rebasa sus capacidades, vaya a
caer. Yadira, la recepcionista de la instalación que se encuentra cerca
del poblado de Santiago de las Vegas, ni siquiera se cuestiona las
preguntas formuladas vía telefónica sobre una posible disminución en las
cremaciones.

“A diferencia del cementerio, aquí no hay ninguna capilla para hacer
ceremonias religiosas”, explica la empleada, ajena a las directrices del
Vaticano sobre las cenizas, que confirma, por si quedaban dudas, que si
se lleva un cura será bienvenido. “Eso lo decide la familia”, afirma.

Tony, un empleado de la funeraria La Nacional, ubicada en la populosa
calle Infanta de La Habana cuenta a este diario que cada día es más
común la cremación. En su opinión eso se relaciona con la perspectiva
que tienen muchas familias de abandonar el país y considera que se trata
de “la forma más práctica de meter al pariente en una maleta”.

“Llevo años chocando cada día con la muerte y, en lo personal, no
quisiera ser alimento de ningún bicho, ni que me dejen botado en un
cementerio donde el primer año te llevan flores y después más nadie se
acuerda, hasta que viene alguien y se roba los huesos. ¡De eso nada! A
mí, que me den candela… y que el Vaticano me perdone”, aventura Tony.

Source: “A mí, que me den candela… y que el Vaticano me perdone” –
www.14ymedio.com/nacional/den-candela-Vaticano-perdone_0_2097390243.html

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