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Hipocresía de las ideas socialistas
HILDEBRANDO CHAVIANO MONTES | La Habana | 22 de Septiembre de 2016 –
08:48 CEST.

Salvo alguna que otra excepción, los diferentes sistemas de socialismo
en el mundo enfrentan un problema insalvable: se gasta más de lo que se
produce y no se produce más por la falta de estímulo que genera la
búsqueda del Estado de bienestar, el Santo Grial de los socialistas.

Cuba, por supuesto, no cuenta entre las excepciones. Quizás para
desgracia de los cubanos, el socialismo se ha quedado en Cuba para
servir como el faro que anuncia los arrecifes que pueden echar a pique
la más boyante de las economías.

El socialismo se debate en estos momentos en una crisis, no solo por su
falta de resultados concretos en la búsqueda del llamado Estado de
bienestar, sino por la carencia de principios éticos que lo justifiquen
ante sus seguidores.

En su origen, hace ya dos siglos, podían aceptarse las ideas
socialistas en un mundo donde ciertamente el estado natural de la
humanidad era ser pobre y el sistema capitalista pugnaba por
establecerse en medio de hambrunas crónicas, pandemias y guerras. Ese
era el panorama que los pioneros del socialismo presenciaban cuando
abogaron por la intromisión del Estado para garantizar la satisfacción
de una serie de necesidades sociales consideradas básicas.

Desde entonces, la educación y la pasaron a formar parte de lo que
serían obligaciones del Estado, además de las ya reconocidas
responsabilidades de facilitar infraestructuras, legislar, impartir
justicia, la defensa y el orden interior. Pero para llevar a término
estas tareas cualquier Estado necesita dinero y un aparato burocrático
que las implemente, lo cual significa que mientras más ambiciosos sean
los planes benefactores mayor será la burocracia y más el dinero a gastar.

Como el Estado no produce, el dinero que utiliza proviene de la
actividad económica que se desarrolla en la sociedad con independencia
de si el Gobierno es bueno o no y de su color politico.
Productores-consumidores, comerciantes-consumidores, consumidores en
general, se encargan de generar ganancias de las que el Estado extrae
una parte —impuestos— para ser utilizada con más o menos eficiencia en
la satisfacción de necesidades públicas.

Caprichosamente, los gobiernos socialistas de corte estalinista
consideran que es demasiada la ganancia generada durante el proceso de
producción y comercialización y no les basta con cobrar impuestos, sino
que se convierten en productores y comercializadores con la intención
manifiesta de quedarse con todo y distribuir los beneficios a su antojo
sin arreglo a las leyes del mercado.

En la actualidad, los pobres en el mundo rondan un tercio de la
población mundial gracias a que el capitalismo provocó el aumento
incesante de la producción de bienes y servicios. Incluso ese tercio
pobre de la humanidad —exceptuando tal vez los que se consideran en
pobreza extrema— vive en términos generales con mayores índices de
consumo y comodidades que los habitantes no pobres de la Europa del
siglo XIX. Vista en perspectiva, la Europa previa al capitalismo era una
enorme favela.

El desarrollo actual de la humanidad se debe a la aplicación del sistema
de producción capitalista o economía de mercado con sus incentivos al
crecimiento del individuo. Los socialistas, por su parte, insisten en
ser ellos los más capacitados para distribuir las riquezas producidas
por los capitalistas en virtud de cierta investidura divina.

Pero como es sabido en este plano terrenal, a más socialismo, menos
riquezas producidas y, en consecuencia, menos riquezas a distribuir. Ese
es el pequeño detalle que los fanáticos del socialismo (de cualquier
tipo) no toman en cuenta. Los individuos son más productivos en la
medida que sus intereses personales van a ser recompensados. El hombre
actual funciona con las mismas motivaciones que el hombre de las
cavernas —gracias a ello dejó las cavernas—; no existe el hombre
socialista incapaz de pensar en su propio beneficio y en el de su
familia. Ni siquiera entre los líderes y gente de fila más comprometidos
con las ideas socialistas se puede encontrar uno capaz de despojarse de
sus pertenencias, para compartirlas con un semejante. El objetivo de los
ideólogos socialistas es arrebatar lo que por derecho le pertenece a
otro, y convertirse a sí mismos en magnánimos distribuidores de lo ajeno.

En el siglo XIX podían ser bien vistas las ideas socialistas y generar
simpatías entre los trabajadores e intelectuales de la época. A estas
alturas, el apoyo a las ideas socialistas puede encontrarse
principalmente entre personas que prefieren ser mantenidas con
precariedad por el Estado, antes que esforzarse personalmente, así como
entre intelectuales trasnochados y políticos hipócritas que buscan
hacerse con la bolsa del erario público el mayor tiempo posible.

Source: Hipocresía de las ideas socialistas | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1474301027_25420.html

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