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Hacer política para cambiar la realidad
[16-09-2016 01:36:05]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- A cualquier dirigente del presente se le
interpela con el mismo interrogante. La pregunta recurrente intenta
averiguar acerca de las profundas motivaciones que lo llevaron a
ingresar al árido mundo de la acción política.
La respuesta aparece casi instantáneamente, como un latiguillo, que
pretende ser ampuloso y grandilocuente, pero que no puede evitar caer en
la obviedad, por su excesiva vulgaridad y lo predecible de su contenido.

El personaje en cuestión comparte con franqueza sus sensaciones e
irremediablemente repite aquello de que la razón primordial que lo lleva
a incursionar en política es cambiar la realidad, redoblando luego la
apuesta, cuando confirma que ese es el único modo de transformar el
presente.

Es fácil coincidir con esa vaga percepción, tan difusa como general. Lo
difícil es creer que este nuevo protagonista de esa fauna tan particular
pueda finalmente conseguir algo diferente a todo lo ya conocido,
torciendo el descredito que ha logrado acumular a lo largo de décadas,
esa actividad.

La historia muestra demasiadas evidencias acerca del modo en que se
licúa esa energía inicial y como ese cándido ciudadano se va
desmoronando, se desdibuja, hasta mimetizarse totalmente con el resto de
sus “colegas”.

La meta de hacer algo virtualmente novedoso, de meterse en el fango de
la política para hacer todo de un modo singular, de embarrarse hasta el
cuello para ser parte del loable proceso de cambio y comprometerse con
lo cotidiano, parece algo muy provocador y tremendamente inspirador.

No existen motivos suficientes para endilgarle al nuevo habitante de
este mundillo responsabilidades sobre lo ocurrido en el pasado, ni
tampoco es justo suponer que repetirá sistemáticamente las patéticas
historias de sus antecesores. No deberían pesar sobre él esos errores y
tendría entonces que disponer de la oportunidad de intentar construir su
propia leyenda.

Sin , es pertinente recordar que muchos iniciaron este recorrido
con idéntico entusiasmo y una férrea convicción acerca de lo que
pretendían concretar desde la arena política. No querían ser iguales y
aspiraban a ser mejores. Se perjuraron no hacer lo impropio y se
mostraron muy dispuestos a revertir esa providencial inercia que le
planteaba el pasado inmediato.

Es imposible dudar sobre ello. Seguramente esas encomiables intenciones
son parte de la nómina de ingredientes que motivaron esa decisión de
vida tan relevante. El desafío es, en todo caso, sostener esa claridad
conceptual, sin dobleces sin perder el norte en el devenir de ese sendero.

Existe una distancia considerable entre lo que se imagina aquel
dirigente sobre ese espacio tan peculiar y lo que finalmente encuentra
en él. Su inexperiencia puede llevarlo a tropezar muchas veces, pero eso
es parte natural de cualquier proceso de aprendizaje, en casi cualquier
ámbito.

Lo que indudablemente es un gran reto es perseverar defendiendo los
principios, mantener intacta la llama que sirve de guía, recordar
siempre las razones esenciales que llevaron a tomar semejante
determinación y que movilizaron al punto de generar esas incontenibles
ansias de hacer política.

La crónica contemporánea recuerda con crueldad que el tiempo finalmente
juega en contra. Que a medida que se gana en despliegue, se pierden
valores, que al avanzar en este perverso juego, quedan en el camino
muchos buenos anhelos y desaparece paulatinamente el coraje original.

Muchas veces los políticos intentan justificar sus decisiones aseverando
que hacen lo que pueden y no lo que quieren, que todo culmina en el
“arte de lo posible” y no precisamente en hacer lo necesario en cada
circunstancia.

No se trata de ser intransigente y creer en falsos purismos. La tarea
pasa, en todo caso, por avanzar con pasos firmes y perseverantes, por
negociar articulando con otros actores, pero siempre en una dirección
concreta, con metas claras y con hitos intermedios que siempre se
encaminen al objetivo.

Es imprescindible, en ese contexto, que el sujeto revise sus visiones.
Si se ha ingresado a la política para cambiar la realidad y se presentan
oportunidades, no parece admisible postergar lo correcto y continuar con
lo indebido. Cabe, en ese momento, cuestionarse con vehemencia acerca de
los verdaderos motivos que lo impulsaron a participar en la política.

Tal vez la razón no haya tenido que ver con el deseo de modificar el
presente, sino en todo caso con la ambición de acceder al poder, de
sentirse importante y liderar, de mandar y dar órdenes, de ser un
personaje público y famoso, de alcanzar reconocimiento y disfrutar del
prestigio.

Claro que la política puede ofrecer mucho de eso. Es posible que muchos
se muestren entusiasmados con lograr tantos tentadores objetivos
personales. Pero sería muy saludable explicitarlo, empezar por no
engañarse a sí mismos y evitar estafar a la ciudadanía, diciendo una
cosa por otra.

Lamentablemente muchos llegan a la política con un discurso moralmente
correcto y recitan sus buenos propósitos consiguiendo a su paso el
ensordecedor aplauso de sus afectos que lo estimulan a lanzarse al ruedo.

Hacer política es necesario. Alguien tiene que tomar esa posta. Los más
aptos, los que tienen el deseo pero también los talentos para lograrlo
deben emprender ese recorrido. Pero es vital comprender que para encarar
este proceso se debe dimensionar la trascendencia de intentar modificar
rumbos.

No se necesitan nuevos políticos para seguir haciendo lo mismo, ni para
conservar todo lo malo. Se precisan nuevas mentes, estilos diferentes e
ideas superadoras. El entorno evoluciona y necesita entonces de una
dinámica ágil y capaz de interpretar esas eventuales mutaciones.

Más allá de la retórica estéril y vacía, es esencial darle un sentido a
la actividad política. Ingresar a ella para convertirla en una profesión
muy rentable o para satisfacer los más bajos instintos que vienen de la
mano del poder, no parece algo de lo que se pueda estar orgulloso.

Si la idea es trascender, pasar a la historia por lo realizado, ser útil
a las futuras generaciones, pues entonces adelante, pero siempre con la
convicción de que se ha decidido ser parte de eso no para que todo siga
igual sino para patear el tablero. Si no se tiene el valor para
intentarlo, si se carece de la determinación suficiente, no vale la pena
seguir repitiendo aquello de que se ha decidido hacer política para
cambiar la realidad.

Source: Hacer política para cambiar la realidad – Misceláneas de Cuba –
www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/57db30653a682e09e0637c47#.V9vir5h95h0

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