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Cuba y la parábola del elefante
PEDRO ARMANDO JUNCO, La Habana | Septiembre 17, 2016

Los caprichos del destino son impredecibles. ¿Quién iba a imaginar hace
15 años, cuando desde venían hacia Cuba los contenedores de
alimentos y cualquier tipo de mercancías del primer mundo, más el
petróleo a raudales, que hoy los colaboradores cubanos en ese país
tendrían que cargar para allá los comestibles de consumo?

Las posiciones invertidas de ambos Gobiernos denotan las grandes
diferencias entre las pequeñas concesiones del general presidente y el
hermetismo en que Nicolás Maduro pretende encerrar a Venezuela. Hasta
las relaciones de Cuba con desarrollan mayor diplomacia
en la actualidad que los agrios vituperios del Ejecutivo venezolano.
¿Acaso será cierta aquella presunción de un amigo en los primeros años
del siglo actual: “¡Es que en Venezuela el comunismo comienza ahora,
pero en Cuba está terminando!”?

Cuba, al menos, sin renunciar a su ideología, aplica medidas para salir
adelante. Es considerable la importancia de una apertura donde están
implícitos los acuerdos bilaterales llevados a término con Estados
Unidos a pesar del silencio de la prensa oficialista; tampoco es
adecuado excluir la coyuntural coincidencia en época con un presidente
estadounidense lo suficientemente dúctil y facilitador de arreglos
convenientes. Pero son objetivas y censurables las limitaciones que
todavía perduran y frenan la emergencia de la sociedad civil en la Isla.

Ante el reciente pronunciamiento del ministro de Cultura, Abel Prieto,
calificando el empoderamiento económico de los nacionales como una “cama
camera” que está fabricando el Gobierno norteamericano para destruir a
la Revolución, otro ocurrente amigo comentó riendo: “Imagínate una
caricatura de Raúl: atascado hasta la cintura en una marisma económica,
con la mano izquierda acaricia las caras compungidas de los aferrados al
viejo sistema centralizador y con la mano derecha a la espalda haciendo
señales al Tío Sam para que venga a socorrerlo.

Hay que tener en cuenta, sobre todo, la limitación de libertades y
derechos que sufre desde los años sesenta el cubano, cuyas privaciones
superan todavía a las de otros Gobiernos socialistas del continente, por
más tiránicos que los señalen. En la Isla no existe partido de oposición
y carece de elecciones legítimas. Las dos últimas generaciones
desconocen la de prensa, los sindicatos libres, el derecho a
huelga, la oportunidad de crear riqueza propia, etcétera. Solo de esta
manera es comprensible que una nación se haya acostumbrado por más de
medio siglo a la mansedumbre, la desinformación y la carencia de sus
derechos fundamentales.

Es la parábola del elefante del circo que desde la infancia sujetaron
por su patica a una estaca enclavada en tierra. Como era pequeño, por
más que haló del postecillo, no consiguió arrancarlo y se acostumbró a
vivir encadenado. Pasaron los años, se convirtió en elefante adulto,
pero nunca más intentó remover la pequeña estaca que le habría sido
fácil desprender.

Esa es también la historia del pueblo cubano en la Revolución: le
sembraron la estaca del miedo y con ella limitaron o eliminaron sus
derechos fundamentales. Le prohibieron alimentarse a gusto, salir de la
Isla, adquirir riquezas, decir lo que pensaba, disentir de lo que
consideraba injusto… Y al correr del tiempo, igual que el elefante
encadenado, se acostumbró a vivir sujeto a determinadas leyes y mandatos
injustos, sin réplica y descargado de razones, porque una palabra y un
hombre acaparaban la totalidad del poder. El hombre por encima de
cualquier ciudadano, incluyendo a sus más allegados colaboradores, por
encima de la ley, por encima de la razón, por encima de Dios. La palabra
revolucionario, calificativo absoluto y obligatorio, llave de oro para
abrir cualquier tipo de cerradura, y su carencia, el baldón más
aberrante y degradador del ser humano. En esa palabra estaban contenidas
todas las virtudes del hombre, su ausencia aglutinaba los vicios del mundo.

Pero los descendientes del viejo elefante de la parodia han descubierto
que la estaquita se ha deteriorado. El paso del tiempo corroyó su vieja
madera, y la tierra, por naturaleza propia, la ha echado fuera. Los
nietos del elefantico han levantado la mirada y descubierto que más allá
del atrio del circo hay un horizonte propicio para andar, para
alimentarse mejor, para crear rebaño. Ya la estaquita que sujetó a su
abuelo es frágil, anacrónica, inútil. Rueda atada a la pata, pero
incapaz de servir como obturador bajo ningún concepto creíble.

Los tiempos han cambiado. Nadie ignora que la única salvación económica
del país radica en Estados Unidos. Algunos se resisten cuanto más
pueden, yuxtaponiendo condiciones en el negocio –eliminación total del
, de la Ley de Ajuste Cubano, de las transmisiones “enemigas” y
la entrega de la Base Naval de Guantánamo–. Lo repiquetean
constantemente a la nación, aunque bien saben que esos otorgamientos
están supeditados a una apertura mayor por la parte cubana, solo
discutida a puertas cerradas en las conversaciones bipartitas entre los
dos Gobiernos. Es parecido al juego del comerciante tacaño que hasta el
último minuto intenta sacar, al menos, una migaja más en la transacción.
Al final, el único camino correcto es una mayor apertura a la inversión
y el norteamericano, por lo que se tendrán que conceder cambios
políticos importantes, obligatoriamente.

Pero, ¿cuándo y de qué manera se manejará el reconocimiento a la
oposición, el respeto a las manifestaciones discrepantes por los medios
masivos de difusión y el empoderamiento económico del pueblo? A los
nietos del caduco elefante corresponde esa tarea.

Source: Cuba y la parábola del elefante –
www.14ymedio.com/opinion/Cuba-parabola-elefante_0_2073392650.html

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