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Nosotros, los ‘excubanos’
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 23 de Agosto de 2016 – 06:20 CEST.

Siempre hay alguien que mete la pata. Así es el odio. La soberbia del
poder absoluto. Creerse impune. Le ha tocado el turno al tristemente
célebre presentador de la llamada Mesa Redonda, un espacio televisivo en
horario estelar cuya intención explicita, dicha por el Máximo Líder en
los días de su primera salida al aire, es “orientar” a la población.
Este individuo ha tildado a un cubano de nacimiento, naturalizado
español y campeón —medalla de plata— de una competencia de atletismo
olímpico como “excubano”.

Sin saberlo, el propagandista del régimen acaba de hacer una declaración
de principios. Más que una ofensa, es una voluntaria y sincera expresión
del pensamiento de quienes hoy gobiernan Cuba. Y más que ofendidos,
muchos los “excubanos” deberían sentirse tranquilos, convencidos una
vez más de que el camino del exilio es el único posible para quienes
piensan y actúan diferente a falta de una mayoría dispuesta a cambiar
las cosas de manera radical. Al enseñarnos la verdadera esencia del
régimen —quién no este conmigo está contra mí— toda posibilidad de
dialogo y solución civilizada a una nación dividida parece estar muy
alejada en el tiempo con o sin “diferendo” norteamericano.

Ya no se trata siquiera de un problema ideológico. El único “delito” del
muchacho “excubano” ha sido competir con otra bandera, algo que en el
siglo XXI es normal, y que no depende solo del dinero, sino del trasiego
en la llamada Aldea Global. Los chinos no se disgustan cuando el equipo
de ping-pong estadounidense es todo asiático, ni los africanos o los
caribeños cuando sus hombres juegan fútbol para países europeos. Al
contrario: que un chico nacido en una favela o en un desierto obtenga un
título olímpico bajo otra bandera —la que paga su entrenamiento— es
motivo de orgullo.

¿Por qué la manía dictatorial de creerse dueños de la vida y del
espíritu de las personas? Los constructores de matrices de opinión en la
Isla no dicen toda la verdad, y a veces da la impresión de que ni ellos
mismos conocen la historia. La lista de “excubanos” es larga. Comienza,
por ejemplo con Paul Lafargue, santiaguero nacionalizado francés, yerno
de Karl Marx. Pero podrían incluir a un cubano de nacimiento que
representó para un gobierno extranjero —Uruguay— servicios consulares en
Nueva York y se llamaba José Martí; o al primer presidente de la
República de Cuba, don Tomas Estrada Palma, quien se naturalizó
norteamericano; al sagüero Joaquín Albarrán, urólogo y profesor de La
Sorbona, y nominado al Premio Nobel de en 1912, francés.
¿Pudieran ser “excubanos” los escritores Cirilo Villaverde y José María
Heredia, la mitad o más de sus vidas fuera de la Isla, repudiando a la
metrópoli española, ambos fallecidos en el exilio?

Es importante entender el mensaje del “mesarrondista” con todas sus
implicaciones. La Isla es de ellos y están por encima de cualquier ley,
del sentido común o toda valoración ética. Poco importa haber nacido en
Maternidad de Línea o en la Bayamo. La condición de cubano se pierde
cuando se cuestiona al régimen o se compite fuera de él. Hay todo un
ejército dispuesto y pagado para detectar “excubanos” en cualquier
rincón del mundo, sea porque escriben en publicaciones on-line, en
Facebook o hacen sencillos correos electrónicos contrarios a la
ideología comunista.

En respuesta a un despojo que no tiene sentido, los “excubanos” han
tomado el “castigo” como una bendición. Mientras más el Gobierno los
ningunea, más triunfan. De “excubanos” está lleno el mundo, unos buenos,
otros no tan buenos, y algunos malos. “Excubanos” son los miles de
médicos, ingenieros, abogados, arquitectos y profesores emigrados, que
han revalidado los títulos y hoy ocupan puestos importantes en empresas,
hospitales y universidades. “Excubanos” son los hombres y mujeres que de
Miami, un pantano, levantaron una ciudad que es hoy una suerte de Nueva
York del Caribe. “Excubanos”, en fin, esos que por una razón en aquellos
días, estuvieron a punto de dar sus vidas en Angola, Etiopía, Nicaragua,
y al darse cuenta del engaño, emigraron. Ellos sí han sentido las balas
silbar al oído, a diferencia del cancerbero que cómodamente sentado
frente a una cámara de televisión se atreve a desnacionalizar a un
atleta exitoso.

Fuera de la Patria la vida es dura. El poeta Jorge Valls dijo que
emigrar es como un naufragio. Se pierde casi todo. Quienes hemos
reconstruido nuestras vidas, la de nuestras familias e hijos —a quienes
los cubanos no pudieran dar un vasito de leche después de los siete
años—, merecemos respeto. El propio denostador sabe muy bien que el día
que los “excubanos” de Miami y del mundo paren el envío de remesas a la
Isla, él y la Mesa Redonda con todos sus invitados irán a cumplir “otras
funciones que les serán asignadas”. Los cubanos todos, como ha escrito
uno de nuestros mejores ensayistas vivos, somos expertos en el arte de
la espera. Y la cola, gracias a personajes como este, parece hacerse
cada día más corta.

Source: Nosotros, los ‘excubanos’ | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1471926017_24778.html

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