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Ni ‘humildes’, ni ‘jóvenes’, ni ‘mayorías’: ciudadanos
Dígase ‘ciudadano’, y solo ese sencillo vocablo abarcará los sueños de
los cubanos de cualquier origen, sector social y edad
Lunes, agosto 1, 2016 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- Cercanos a los 60 años de aquel enero ominoso de 1959,
y tras décadas de estafa ideológica y discursos demagógicos, cabría
esperar que al menos los pilares políticos sobre los que se asientan las
aspiraciones actuales de la sociedad cubana hubiesen cambiado
radicalmente. Sin , no es así. Algunos mitos populistas han
arraigado tan profundamente en el imaginario social que han devenido
lugares comunes y han llegado incluso a asumirse como verdades
incontestables.

Algunos de esos principios útiles para los mesianismos políticos,
especialmente en Latinoamérica y en Cuba, han sido las percepciones de
‘los humildes’, ‘los jóvenes’ y ‘las mayorías’. Esto, para no mencionar
otras sub parcelaciones que también aportan réditos políticos, como las
que esgrimen reivindicaciones raciales (para los o blancos), de género
(solo para mujeres) o se preferencia sexual (para LGBT) en un país donde
absolutamente todos hemos sido despojados, más allá de nuestras
particulares catalogaciones.

Son estas categorías intangibles que hábilmente colocadas sirven a
todos: a los sujetos clasificables en cualquiera de esos sustantivos por
su condición de supuestos beneficiarios o protagonistas de las políticas
dictadas desde los discursos y proyectos políticos; y a los políticos de
cualquier posición –cuyos proyectos no suelen pasar de la fase
propositiva–, para ganarse la buena voluntad y los votos de esos sectores.

Dicho así, cualquier interlocutor podría argumentar que estas son
estrategias utilizadas por la casi totalidad de los políticos del mundo,
lo cual es cierto. Solo que en las sociedades libres existen también
estructuras democráticas tales como la separación de los poderes; la
sociedad civil en sus variadas manifestaciones y con sus particulares
objetivos; la de expresión, de comunicación y de prensa, así
como múltiples instituciones independientes del Estado que cuestionan,
exigen y moderan a los políticos.

En el caso de Cuba, en cambio, más de medio siglo de autocracia no solo
ha consolidado la demagogia desde el Poder, sino que –ante la ausencia
de una sociedad civil independiente fuerte y una oposición
suficientemente bien articulada– esa demagogia se ha convertido en una
suerte de subcultura política que ha contaminado incluso el discurso de
ciertos líderes de opinión y de la oposición, pese a la valía de muchas
de sus propuestas.

Es por esto que, en el encomiable afán de demandar espacios democráticos
para todos los cubanos, no pocos discursos alternativos al oficial
suelen recurrir igualmente a los reclamos para ‘los humildes’, a la vez
que convocan la inspiración de las transformaciones del país
especialmente desde ‘los jóvenes’, y se erigen en intérpretes de los
reclamos de ‘las mayorías’.

“Son gente humilde, por tanto gente buena y trabajadora”, afirman
algunos al referirse a los sectores pobres –mayoritarios– de la
sociedad. Como si la pobreza constituyera una virtud en sí misma o le
fueran inmanentes la honradez y la laboriosidad. Cabría pensar,
entonces, que la prosperidad es la matriz de la maldad y la holgazanería.

Con tales presupuestos, la legitimidad de los proyectos políticos
resultaría directamente proporcional a la defensa que hagan de los
intereses de ‘los humildes’, que son ‘las mayorías’, en detrimento de
los derechos de las ‘minorías’ económicamente más aventajadas, siguiendo
así las pautas de los regímenes populistas que tanto daño han ocasionado
en la región y potenciando, de paso, el despojo de estas últimas.

Y como en Cuba la ‘revolución’ ha operado el milagro de convertir a todo
un pueblo en un ejército de menesterosos, no han faltado nuevos mesías,
algunos tan egocéntricos como aquel jactancioso joven de uniforme verde
olivo y paloma en el hombro, que vuelven a echar mano del discurso de la
victimización del ‘pueblo humilde’, por el que luchan y se sacrifican,
ya que ese ‘pueblo niño’ es inmaduro y congénitamente incapaz de
defenderse a sí mismo.

Sin embargo, es una verdad de Perogrullo que las transformaciones
sociales más relevantes son lideradas por minorías, como minorías son
también los grupos de oposición que se enfrentan a regímenes
dictatoriales. Minorías son, además, la clase del empresariado que en
las sociedades libres aportan al tesoro público en cargas impositivas, a
la vez que crean puestos de trabajo, entre otros aportes.

Clase que, a contrapelo de tanta megalomanía populista, necesitamos se
consolide en la Cuba post-Castro para levantar la calamitosa economía
del país. De ella formarán parte en un futuro en democracia no solo los
inversores que acudan desde el exterior, sino también los sectores de
emprendedores (dizque ‘cuentapropistas’) –‘minoritarios’– que hoy son
reprimidos o sofocados por el mismo Poder que nos asfixia a todos.

En el otro punto, otorgar a ‘los jóvenes’ en Cuba el papel de
‘vanguardia’ de los cambios que se propugnan –quizás como un
involuntario remedo de la tendencia oficial de devaluar el presente,
siempre sacrificable en aras de un porvenir luminoso– es cuando menos
ilusorio, a la luz de la realidad actual. No solamente porque la
juventud no es por sí misma condición sine qua non del éxito y garantía
de los cambios que necesita Cuba –como lo demuestra el hecho de que la
revolución de 1959 fue liderada y ejecutada fundamentalmente por
jóvenes, con los resultados que conocemos–, sino porque gran parte de la
juventud cubana apuesta hoy por la emigración al exterior antes que por
reconstruir la nación.

En este sentido, es esperanzador el surgimiento de algunos focos y
organizaciones de jóvenes activistas prodemocracia dentro de la Isla,
que se han empeñado en ganar representatividad y han estado incorporando
nuevas propuestas a las ya existentes desde años anteriores.
Lamentablemente se trata todavía de proyectos incipientes, pero
constituyen espacios renovadores y traen consigo una visión diferente,
más a tono con este siglo que la de algunas de las viejas formulaciones.

Pero también sucede que en Cuba, donde existe una acelerada tendencia
demográfica al envejecimiento poblacional, el enorme segmento de cubanos
que rebasa los 45 o 50 años de edad necesariamente deberá ser tomado en
cuenta, no ya como potencial económico, sino por su amplia
representatividad política y su potencial como electores en un eventual
escenario de transición y elecciones democráticas.

De hecho, la mayor parte de los opositores, disidentes y periodistas
independientes de hoy se cuentan justamente en este segmento de edad, de
manera que uno de los desafíos actuales es lograr la creación
–aparentemente todavía lejana– de un bloque estratégico inclusivo que
logre por una parte conciliar los mínimos consensos de todas las
propuestas y, por otra, capitalizar el descontento social, reflejando
los intereses de todos.

Es una vieja aspiración cuyos intentos de hacerse realidad hasta el
momento han terminado en fracasos, debido principalmente a la extrema
parcelación de la oposición y de la sociedad civil independiente
–dividida por liderazgos, métodos de lucha, finanzas, pedigrí
carcelario, antigüedad, regiones geográficas, propuestas, edades y hasta
composición racial y de género–, lo cual debilita al conjunto y a su vez
facilita el trabajo a las fuerzas represivas y en última instancia, al
Poder.

Pero, volviendo al tema inicial, tampoco se trata de omitir los
intereses de las ‘mayorías’ de la sociedad, desdeñar la importancia de
los ‘jóvenes’ o dejar de reconocer la importancia de los nuevos
liderazgos del presente y del futuro. De lo que se trata realmente es de
la necesidad de avanzar a un nuevo mensaje político, mejor articulado,
que refleje la realidad de estos tiempos y abandone definitivamente las
definiciones y postulados maniqueos del siglo XX, plagados de alabanzas
a “los humildes, los jóvenes y las mayorías”.

En especial, urge ofrecer a una población desesperanzada, descreída y
abúlica una alternativa de cambios auténticos y una imagen de cohesión
convincentes, en especial en estos momentos en que el Poder no solamente
perdió su capital de fe, sino que acaba de anunciar mayores dificultades
como promesa de futuro. La tarea corresponde a los líderes políticos.

Y esa alternativa no se va a alcanzar con la repetición, desde las
antípodas, de posiciones del martirologio, la inmolación y la
victimización, por muy sinceras y bienintencionadas que estas sean.
Nadie se llame a engaños: los cubanos comunes están hartos de mártires;
ya no quieren líderes dispuestos a morir para “señalar el camino”,
porque prefieren el camino a la vida y a la prosperidad. Necesitan
líderes vivos.

Dejemos, pues, a los científicos sociales la tarea de elaborar taxones y
segmentaciones nominalistas que nos separan. Articulen los opositores un
discurso más integrador y pospongan las competencias internas para el
futuro en democracia, si realmente desean ‘el bien de todos’. Ya
llegarán tiempos de libertades que permitan la certificación de parcelas
sociales, sin que ello implique privilegios seculares ni atente contra
los derechos de unos u otros.

En lo personal, seguiré desconfiando de cualquier arenga reivindicadora
de humildes, lisonjeadora de jóvenes o leguleya de minorías. Dígase
‘ciudadano’, y solo ese sencillo vocablo abarcará los sueños de los
cubanos de cualquier origen, sector social y edad.

Source: Ni ‘humildes’, ni ‘jóvenes’, ni ‘mayorías’: ciudadanos | Cubanet

www.cubanet.org/destacados/ni-humildes-ni-jovenes-ni-mayorias-ciudadanos/

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