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Eduardo Mora, otra máscara que cae
Lo más grave de la marcha de personas como el presentador es que se
perciba como una traición imperdonable
CLAUDIA COLLAZO, La Habana | Julio 28, 2016

Convincente, jovial, con un vocabulario exuberante y una buena
presencia, Eduardo Mora fue hasta hace poco uno de los principales
presentadores del noticiero matutino Buenos Días. Hasta las consignas
más aburridas cobraban gracia en su personal estilo.

Desde hace poco más de un mes, en los pasillos del Instituto Cubano de
Radio y Televisión (ICRT) todo el mundo comenta, cada cual a su manera,
que ha desertado, que no vuelve más, que se quedó. En mayo, Mora había
asistido como ponente en un evento de LASA en Nueva York y, al terminar
las sesiones, solicitó a sus jefes del Sistema Informativo prolongar su
ausencia por unas semanas más, pero se lo negaron. El presentador
pretendía aprovechar el viaje para visitar a su hermano en Miami y dar
unas conferencias para intentar comprarse una casa en La Habana con el
dinero recaudado. Al no presentarse en la fecha requerida fue despedido.

Ahora, sus colegas comentan en voz baja que Mora “ha pasado a mejor
vida”. Esta expresión, reconocida como sinónimo de deceso, se ha
convertido ahora, irónicamente, en la forma de comparar la vida del
cubano que se queda con la del cubano que se va.

Quienes le conocieron en Cubavisión Internacional, mientras fue allí
jefe de información, recuerdan sus comentarios mordaces lejos de cámaras
y micrófonos. Nada extraordinario. Lo mismo que se dice en cualquier
cola del pan o en un ómnibus repleto de gente. Por ejemplo: “Marino
Murillo y los otros dirigentes saben cómo ajustar la economía del
pueblo, pero sin afectar la de ellos, ni la de los hijos de los monarcas”.

La verdadera pregunta no es por qué se quedó Eduardo Mora en Miami, sino
por qué deciden irse nuestros talentosos jóvenes profesionales. No
parece que se trate tan sólo del trillado robo de cerebros, porque a
casi nadie le ofrecen millones. Todo lo contrario, asumen que pueden
tener una vida más digna trabajando allí como camareros que ejerciendo
su profesión en Cuba. La explicación se encuentra en el mero hecho de
que con su trabajo en el extranjero, sea cual sea, tienen por lo menos
la oportunidad de pagarse el plato de que llevan a la mesa y, en
algunos casos, el de sus familiares en la Isla.

Lo preocupante del asunto no es si se quedó porque con lo que ganaba no
podría nunca comprarse una casa en La Habana, incluso con el resultado
de su mucho trabajo, que en ocasiones implicaba más de dos contratos
simultáneos. Lo alarmante es el caos que se arma cuando alguien como
Eduardo Mora emigra o decide explorar nuevas alternativas de trabajo,
como si querer mejorar la vida fuera una grave falta, una traición
imperdonable.

En Cubavisión Internacional todavía no han nombrado oficialmente al
nuevo jefe de información; en estos tiempos que corren cuesta mucho
trabajo que las personas –y sin son jóvenes peor– asuman cargos de
dirección. Mientras tanto siguen los comentarios de pasillo. Se bromea
con que si existiera un terraplén o frontera común con cualquier otro
país ya no quedaría nadie del lado de acá. “¡Que tire la primera piedra
el que no la cruce!”, dice una señora que pasa cerca del corrillo de
chistosos.

El sistema colapsa no por ser “una plaza sitiada con un bloqueo
genocida” sino porque una buena parte del pueblo ha decidido lanzarse a
la emigración. Tal vez por aquello de que “cuando los pueblos
emigran….los gobernantes sobran”. Algo que tras bambalinas todos saben
y mascullan.

Source: Eduardo Mora, otra máscara que cae –
www.14ymedio.com/opinion/Eduardo-Mora-mascara-cae_0_2043395644.html

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