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Mi vecino comunista
Tengo un vecino, ex militar, sexagenario, fidelista convencido, que
luego de muchos años sin tratarme, últimamente me concede la gracia de
su saludo y su conversación, siempre que no haya testigos por los
alrededores
viernes, noviembre 28, 2014 | Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba – Tengo un vecino, ex militar, sexagenario, fidelista
convencido, que luego de muchos años sin tratarme, últimamente me
concede la gracia de su saludo y su conversación, siempre que no haya
testigos por los alrededores.

Cuando hablamos, trata de convencerme de sus razones, las pocas que
tiene, que son más bien las de la sinrazón. Parece que no pierde las
esperanzas de anotarse el mérito de que un día yo retorne al redil. Solo
que el hombre trata de hacerme el cuento de los últimas décadas como si
yo, en vez de haberlas vivido, por el hecho –incomprensible para él- de
ser periodista independiente, hubiese pasado todo este tiempo en New
Jersey u Oklahoma y acabara de aterrizar en Cuba.

Hace unos días se me acercó para decirme que había leído no sé dónde que
Stalin, en su juventud, había sido informante de la Okhrana, la policía
política zarista. Según él, eso explicaría sus posteriores “errores y
desviaciones” (jamás utiliza la palabra crímenes cuando habla del
estalinismo).

–¡Qué distinto hubiera sido todo si no hubiera muerto Lenin!- exclamó.

El hombre se puso lívido cuando le contesté que Lenin era otro
asesino, que el estalinismo no era más que los aportes leninistas al
marxismo llevados a su máxima expresión.

–¿En qué te basas para hablar así de Lenin?- preguntó.

Me encanta hablar de historia. Le expliqué que Lenin, en diciembre de
1917, aseguraba que para implantar un “riguroso orden revolucionario”
había que “aplastar sin misericordia los brotes de anarquía entre
gamberros, borrachos, vagos y contrarrevolucionarios”. Un mes después
proclamó que su objetivo era “limpiar la tierra rusa de todo bicho
nocivo”. Y no se refería el camarada Vladimir Ilich a los piojos que
trasmitían el tifus y diezmaban al Ejército Rojo. Sus guardias rojos y
chekistas asesinaron a varias decenas de miles de mencheviques,
aristócratas, burgueses, sacerdotes, creyentes.

El tipo apeló al argumento de que “las revoluciones, para sobrevivir,
tienen que defenderse de sus enemigos”. Y caímos en el caso de Cuba,
donde según aseguró, “jamás se llegó a esos extremos”.

Aunque le concedí que no se había llegado a los extremos de Stalin,
bramó cuando le recordé la época de los paredones de fusilamiento y las
cárceles repletas de miles de presos políticos. Y rugió cuando le
mencioné los numerosos casos de alzados que fueron ejecutados
extrajudicialmente y las centenares de familias campesinas que fueron
desterradas del Escambray y trasladadas a la fuerza a los llamados
“pueblos cautivos”, en el oeste de Pinar del Río.

Luego de negar rotundamente que hubiera casos de alzados que fueran
asesinados por las fuerzas del gobierno, y asegurar que los que cometían
asesinatos eran “los bandidos”–como los llama él– admitió que era cierto
lo de los pueblos cautivos, pero que en definitiva, allí vivían en
mejores condiciones que en el Escambray.

Cuando le contesté que vivían en casas de mampostería, pero vigilados y
sujetos a represalias por “su pasado contrarrevolucionario”, me aseguró
que no era así, y contó que él había conocido a un muchacho del poblado
Sandino, hijo de un ex alzado, que había llegado a ser piloto de Mig.

Le dije: –Oye, el papá alzado en realidad sería un infiltrado, porque en
aquella época, no te dejaban levantar cabeza por mucho menos que eso;
bastaba que admitieras en alguna de aquellas planillas cuéntame tu vida
que tenías parientes que habían sido militares o funcionarios del
gobierno de Batista, que te carteabas con familiares que se habían ido
del país, o que ibas a la iglesia…

A pesar de que dijo acordarse de aquellas planillas y aceptar que uno
tenía que ser muy cuidadoso con lo que contestaba en ellas, afirmó que
eran exageraciones mías.

Le cité mi caso. Solo por preguntón, melenudo y rockero, me acusaron de
diversionismo ideológico y me hicieron la vida imposible desde que
estaba en la secundaria básica. Luego me echaron de todas
partes. No me quedó otro camino que la disidencia.

Me miró fijamente, y en tono conciliatorio, dijo: -Contigo cometieron
errores, es cierto, pero eso no justifica que sientas tanto
resentimiento… Sería mejor lo que escribes si no fueras tan ácido, si te
ahorraras un poco de insultos y calificativos innecesarios, y en tono
más amable te refirieras a los problemas más inmediatos de nuestra
sociedad y sugirieras soluciones…

–Ah, pero entonces no sería yo. Eso se lo dejo a los periodistas
oficialistas, ahora que ya tienen permiso para quejarse de los baches,
los salideros, los precios de los y la mala calidad del pan…

Luego le reiteré mi convicción de que este sistema no es perfectible: ha
demostrado que no funciona aquí ni en ninguna otra parte.

Mi vecino concluyó que no tengo remedio, que estoy envenenado por la
prensa enemiga, y particularmente por El Nuevo Herald, que según
aseguró, es “un libelo de la mafia anexionista de Miami”. Como si yo no
tuviese que empujarme cada día el mismo Granma, el NTV, la Mesa Redonda
y Telesur que él.

Se fue disgustado. Aunque sé que volverá, siempre volverá, es probable
que ahora mi vecino de inquebrantable fe fidelista vuelva a dejar de
tratarme por un tiempo. ¡Qué alivio!

luicino2012@gmail.com

Source: Mi vecino comunista | Cubanet –

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