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Entre ‘polacos’ y retazos
FERNANDO DÁMASO | La Habana | 30 Nov 2014 – 6:02 am.

Un retrato de la calle Muralla, antiguo centro comercial judío de la ciudad.

La calle Muralla, perteneciente al denominado Casco Histórico de la
ciudad, primero se llamó Calle Real, porque era la principal salida
hacia el campo que tenía la entonces Villa de La Habana.

Posteriormente, en 1721, cuando se abrió al final de ella, en lo que hoy
es la unión de las calles Monserrate y Egido —junto a la plazoleta de
Las Ursulinas—, una puerta a la muralla, que se denominó Puerta de
Tierra, se le cambió el nombre por el de Muralla.

En 1763 fue nombrada Ricla, en honor del conde que ostentaba dicho
título, quien fuera el primer gobernador español, después que
abandonaron la ciudad las fuerzas inglesas que la habían tomado en 1762.
Tiempo después, se le restituyó el nombre de Muralla, por el cual aún es
conocida.

Muralla se extiende desde la calle Oficios hasta la unión de las calles
Monserrate y Egido, ambas denominadas oficialmente Avenida de Bélgica,
aunque pocos las conocen por este nombre.

En su primer tramo, desde Oficios hasta San Ignacio, se encontraban las
principales mansiones y viviendas, entre ellas, la Casa Cuna construida
en 1710 por el presbítero Gerónimo Valdés, quien posteriormente fuera
Obispo de La Habana y fundara en San Lázaro y Belascoaín la Casa de
Beneficiencia y Maternidad, el edificio del Cueto en la esquina de
Mercaderes, en total estado de deterioro, manteniendo sólo sus paredes
exteriores en una prolongada recuperación, la casa que perteneciera al
regidor e historiador Félix de Arrate, la de Don Pedro Alegre y el
denominado Palacio de los condes de Jaruco, el cual, aunque data del
primer tercio del siglo XVII, fue reedificado en 1768, agregándole los
portales y la planta alta, al recibir don Gabriel Beltrán de Santa Cruz
y Aranda el título de conde de San Juan de Jaruco, por servicios
prestados a la ciudad durante el sitio y toma de La Habana por los ingleses.

Aquí, como hija del tercer conde de San Juan de Jaruco y primer conde de
Mopox, nació María de las Mercedes Santa Cruz y Cárdenas, quien habría
de ser la famosa escritora cubana conocida como la Condesa de Merlín, la
cual pasó su infancia en el cercano convento de Santa Clara. Hoy,
convertido el palacio en la denominada Casona del Fondo de Bienes
Culturales, se utiliza para exposiciones y otras muestras culturales.

La calle, en este primer tramo, colinda con la denominada Plaza Vieja,
que ocupa el cuadrilátero formado por las calles de San Ignacio a
Mercaderes y de Teniente Rey a Muralla. Esta plaza, en su dilatada
existencia, ha tenido diversos nombres, desde el primero de Plaza Nueva,
pasando por el de Real, Mayor, de Roque Gil, del Mercado, de la Verdura,
de Fernando VII, de la Constitución, de Cristina y de la Concordia,
hasta el último de Plaza Vieja. Por si fuera poco, en 1908 se pretendió
convertirla en un parque con el nombre de General Juan Bruno Zayas, el
cual nunca se construyó, y la plaza continuó siendo conocida como la
Plaza Vieja.

En la década de los 50, bajo ella se construyó un parqueo, el cual
desapareció cuando fue restaurada en su forma original. En el tramo de
Muralla, actualmente existen en el local que antiguamente ocupara una
fonda, un comercio denominado El Escorial, donde se oferta un café que
se tuesta y se muele en el lugar a la vista del público, acompañado de
dulces o emparedados, en la casa que fuera de Arrate el Museo de los
Naipes, en la de Pedro Alegre, donde estuvo una heladería, la tienda
exclusiva Paul and Shark.

A continuación, la Galería de Arte Diago, la Casona y la Factoría Plaza
Vieja, en la casa que fuera de Don Laureano Torres de Ayala, local que
durante la República ocupara la imprenta y papelería La Comercial, donde
hoy se oferta cerveza y malta a granel fabricadas en el lugar,
acompañadas de refrigerios o comidas. Este primer tramo se inserta
dentro de los recorridos turísticos organizados por la Oficina del
Historiador de la Ciudad, debido a lo cual muchas edificaciones han sido
reparadas y destinadas a estos fines.

Así, comenzando en la calle Oficios, aparece el edificio de estilo
neoclásico edificado a inicios de la República, que ocupara la Cámara de
Representantes antes de construirse el Capitolio Nacional, ocupado
posteriormente por la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes,
después Ministerio de Educación, hoy convertido en museo, el Museo
Alejandro de Humboldt, una fonda transformada en la Joyería Cuervo y
Sobrinos, a pesar de que la original se encontraba en la esquina de San
Rafael y Águila, en un local actualmente deteriorado, la barbería y
peluquería Ensueño, una guardería donde estuvo la Casa Cuna, el Centro
Cultural Pablo de la Torriente Brau con su Casa de la Poesía, la Casa
del Historiador, perteneciente a la Unión Nacional de Historiadores,
donde se reúnen quienes se dedican a tergiversarla, en correspondencia
con los actuales intereses ideológicos y políticos, la Casa Zamora y,
enfrente, el edificio que perteneciera a la Machin & Wall Company.

El segundo tramo de Muralla

Independientemente de la importancia histórica de este primer tramo,
Muralla se hizo famosa más por su segundo tramo, debido a la existencia
a lo largo del mismo de numerosos almacenes y tiendas dedicados a la
actividad textil, establecidos por los emigrantes judíos (hebreos)
provenientes de Europa, principalmente de Polonia, , Rumania,
Lituania, Rusia y Austria, así como por los llamados “moros”, que venían
del Líbano, Siria y otros países árabes, todos denominados por los
cubanos “polacos”.

Aquí se ofertaban telas al por mayor y al menudeo a buenos precios. Una
característica original de estas tiendas era la venta de retazos, que
eran los recortes de las telas que quedaban al final de las piezas, de
los cuales era conveniente salir lo antes posible, para colocar las
nuevas. Estos retazos podían ser de media, una, dos o tres yardas y más
—se utilizaba esta medida—, y se colocaban mezclados sobre grandes mesas
o carretillas, donde las clientes —la mayoría eran mujeres— debían
hurgar hasta encontrar lo deseado.

La otra característica consistía en el regateo entre el vendedor y el
comprador por el precio a pagar. Además de telas, se ofertaban encajes,
broches, cremalleras, cintas, botones, alfileres, agujas, hilos y todo
lo necesario para las costureras. Era normal copiar los modelos que se
exhibían en las vidrieras de las elegantes tiendas El Encanto y Fin de
Siglo, y visitar Muralla para comprar las mismas telas a precios módicos
y, después, confeccionar el vestido copiado. En Muralla se ofertaban
todo tipo de telas: gabardina, frescolana, muselina, casandra, hilo,
lino, terciopelo, pana, corduroy, paño, lana, seda, crash, dril,
algodón, casimir, olán, raso, rayón, dacrón y muchas más. También se
podían adquirir diferentes encajes: chantillí, bolillo, gallego, de
Calais, tirabordada, punta, entredós y otros.

La emigración judía, después de 1898, estaba formada por un pequeño
grupo de comerciantes y representantes de empresas extranjeras, los
llamados hebreo-americanos, que se vincularon a las clases altas de la
sociedad. En la primera mitad del siglo XX, a partir de 1908, arribaron
los sefarditas venidos del Imperio Otomano, principalmente turcos,
debido a la Revolución de los Jóvenes Turcos, la Guerra de los Balcanes
y la Primera Guerra Mundial, a partir de 1920, los asquenazis, los
denominados “polacos”, debido a los pogroms de Europa Oriental, y entre
1933-1944 los que huían del nazismo, quienes convirtieron La Habana
Vieja en el centro de sus actividades comerciales, tantos de las
referidas a la calle Muralla, como a otras calles aledañas,
estableciendo talleres para la confección de ropas, carteras, cintos,
corbatas, sombreros, elásticos, panaderías, almacenes de importación,
tiendas de diferente tipo, quincallas, numerosas sociedades religiosas,
culturales y de ayuda mutua, revistas, periódicos y hasta un restaurante
en la calle Acosta, entre Damas y Habana, al que jocosamente denominaron
Moishe Pipik (El Ombligo de Moisés), inaugurado en 1944 y perteneciente
a R. Weinstein.

Fueron conocidos en su tiempo, en Muralla entre Habana y Compostela, el
almacén de tejidos Universal; entre Compostela y Aguacate, la fábrica de
carteras Zisie Ch. Shaftal; entre Villegas y Cristo la tienda de sedería
y quincalla El Tanque de Bigelman y Cía. S.A.; y entre Cristo y Bernaza,
el almacén de tejidos de Herman Heisler.

Además, en la aledaña calle de Teniente Rey se encontraban la fábrica de
ropa interior y camisas Ben Dizik y Cía. S. en C., la May Trading Co.
S.A. de Hugo May, Representante-Comisionista, la fábrica de cinturones y
carteras Diva e Industrias Tarzán de Elías Gurian, el taller de
confecciones Guris de Isaac Gurwitz, la Universal Textile El Globo de
Epstein M. y Cía., la fábrica de cinturones Universal de Jaime Bloch, la
tienda de sedería y quincalla La Casa Prashnik y la fábrica de corbatas
Reporter y Record de Julio Carity. En la cercana calle Sol estaba la
fábrica de elásticos de I. Garazi e Hijos. La mayoría de estos comercios
se establecieron entre los años 1920 y 1944, cuando se produjo la mayor
emigración de judíos hacia Cuba.

Hoy los almacenes, talleres de confecciones y tiendas de la calle
Muralla no existen. Tampoco existen los restantes y comercios que se
encontraban en otras calles aledañas de La Habana Vieja. Sus locales o
se han perdido por derrumbes o están ocupados mayoritariamente por
familias, que los han convertido en precarias viviendas. Abundan los
locales transformados en basureros malolientes. De la transitada calle
de los “polacos” y los retazos, sólo queda el recuerdo en las
generaciones más viejas. Si en el año 1902 había en Cuba 1.500 judíos, y
en 1944 habían aumentado a 21.000, después comenzaron a disminuir,
existiendo en el año 1952 14.200 y, en 2003, sólo 1.500, cifra que ha
continuado reduciéndose.

Source: Entre ‘polacos’ y retazos | Diario de Cuba –

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