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“A la sombra de un mito”, de Martín Guevara
Texto leído en el Teatro Buero Vallejo de Guadalajara, el 15 de octubre,
en la presentación del libro A la sombra de un mito, de Martín Guevara
L. Santiago Méndez Alpízar, Madrid | 27/11/2014 3:58 pm

El primer lema que recuerdo lo dije todos los días de hasta
terminada la secundaria antes de entrar a clases.
La Habana quedaba a casi 400 kilómetros de mi pueblo, que fue uno de los
liberados en 1958, diciembre, por las tropas del Che en el centro de la
Isla, Las Villas. Aunque el comandante argentino no participó en la
refriega, sí que dio una orden, la orden de terminar cuanto antes. De
esta manera sus hombres incendiaron uno de los edificios más singulares
del pueblo, donde también quedaba el archivo de historia y unos pocos se
resistían.
Luego vino la batalla de Santa Clara, por la que se le recuerda todavía,
y se pueden apreciar sus secuelas, hoy día convertidas en monumentos.
Sin menos se habla de su llegada a La Habana, el 3 de enero de
1959, cinco días antes que Fidel, ni de las consecuencias que dejaran
sus órdenes. Encargado de purgar a militares y todo al que se diera por
colaboracionista del anterior régimen, del primer mes que llegara y
hasta marzo se le atribuyen 1.892 sentencias de muerte ejecutadas en su
comandancia de La Cabaña, antiguo fuerte del siglo XVII donde montó la
oficina, se realizaban los juicios, y ejecutaban los condenados.
Digo esto antes de entrar en las memorias de Martín, que ha vivido, de
su libro se deduce, incluso más de lo que cuenta, y conocerá de sobra la
ambigüedad que, quizá, hace realmente humana, persona, a la figura más
conocida del siglo XX. Pues esta dualidad, estas dos caras eran en
realidad la cara de una única persona, pero a nosotros se nos ocultaba
una de ellas.
¡Nadie podía cuestionar la figura del guerrillero heroico! ¡Nadie puede
hacerlo todavía en Cuba!
Los niños en las escuelas repiten hasta la Secundaria Básica: “Pioneros
por el comunismo, seremos como el Che”. Así el Che lastrado se continúa
imponiendo como referente, como destino. El comunismo es el credo.
2
Ir a La Habana para los niños de mi infancia que vivíamos en el campo
era El viaje. Desde los preparativos, la planificación de la travesía,
hasta su ejecución, todo eran nervios, deseos, ansiedad y una felicidad
inefable: algo que se sentía, que se podía vivir, mas no explicarlo,
menos con palabras.
Había dos maneras de realizar el viaje básicamente: en o en el
Colmillo Blanco: unos autobuses marca Hino exclusivos para viajes
interprovinciales, con aire acondicionado, música indirecta y asientos
cómodos. Había que reservar los tiques con días y noches de colas.
Para los niños cubanos que crecimos en los 70, La Habana era una maqueta
de lo que antes había existido, y en su reconvención, La Habana mantenía
sus exclusividades: eso que Martín define como la puesta en escena de la
doble moral.
Desde el prólogo, Martín retrata la nueva casa, desde la altura de un
piso 15 comienza su nueva vida. Todo es nuevo para él. ¡Ni en sueños le
contaron de la importancia de su apellido en esa Isla. Ninguna idea
tenía de un tío comandante, héroe mundial de la izquierda: tótem y tabú
para los líderes que les dan la bienvenida a él, su familia.
Tanto es así, que a la vez que se entera de la vida de ese otro tío,
hermano de su padre, conoce también de su muerte y del mito. Todo en
uno. Todo nuevo. Hasta el tratamiento a las personas en lo adelante,
nunca más el Sr., ahora solamente habrían, compañeros. Esa palabra tan
humana, que de alguna manera implica un compromiso, se había heredado
del uso que hacían los rusos al tratarse, y que de ella solamente
quedaba la misma escritura, pero su significado había mudado. Un
compañero era, es, no un amigo solamente: un policía, un militar, un
maestro, una enfermera, el albañil y la psiquiatra… todos aquellos que
trabajaban para el Estado en un país donde todo era estatal, eran
supuestos compañeros: los señores los habían expulsados a unos,
fusilados y encarcelados a los otros. Ser un señor podría ser sospechoso…
Su tío nuevo, como le llama el autor, había dejado su prole, tenía
primos flamantes cubanos, y una cama del antiguo Habana Hilton, para
entonces y todavía hoy, un extraordinario expropiado y
rebautizado, Habana Libre, por una famosa reunión que hubo allí de
líderes barbudos al principio de la Revolución.
¡Uno de los espacios más exclusivos que ha tenido Cuba: mucho más en los
años que Martín, su familia, llega a La Habana!
Los primos también residían en el piso 15 del hotel, (luego Martín
subiría aun más, se instalaría junto a sus padres en el 21) Los primos,
que ya tenían 3 meses sacudidos por la vida de lujo heredada del
guerrillero heroico, un tío paterno que disminuyó esencialmente los
héroes de infancia de Martín, confeso lector de Salgari, admirador de
Sandokan, o Sandokán, como se pronuncia aquí, era nada ante la figura
ingente de su nuevo familiar.
Playas de arena blanca, nuevos manjares, jugos de frutas exóticas que ni
siquiera conocía y una corte de personas para atender sus necesidades.
Coches con chóferes y grandes mansiones, a la par que su madre en su
primer paseo habanero le agobie no encontrar unas tiritas en las
farmacias para atender una ampolla en el pie.
De aquella vivencia sacará el autor, quizá, la mejor de sus reflexiones.
La conciencia de un mundo paralelo, ajeno totalmente al suyo, y en el
que las precariedades abundan más que los placeres.
Porque si a Martín una “compañera” de una tienda del Habana Libre no le
cobraba, a la generalidad de los cubanos los metían presos por merodear
el sitio. Sí, digo merodear, ni siquiera era necesario adentrase.
3
A la sombra de un mito, que así se titula el libro de Martín Guevara, es
un vigoroso testimonio de una saga familiar que trasciende el universo
único del héroe. Aquí, desde la memoria del autor, se visiona y comparte
el árbol genealógico de una fábula amplia, y que según narra no todos se
tienen a bien unos con otros. Pero también se revela el respeto, la
conciencia de estar muy cerca de algo hasta cierto punto, sagrado: familiar.
Sus padres, el abuelo Ernesto, la abuela de Burgos, Castilla y el otro
abuelo canario: los tíos, primos y parientes están resumidos en éstas
páginas, como si se tratase de poner un orden universal del caos
familiar: el hallazgo de una verdad que también pudiera servir para
todos. Tales esfuerzos no dejan de sorprender, de pronto averiguamos, o
nos hace saber que su motivación literaria podría estar ligada a algún
gen del mismo Vargas Llosa.
Martín organiza recuerdos y con ellos sitúa a cada familiar,
amistades… y también desvela el trasfondo, las miserias, el
oportunismo que a la sombra del otro mito más grande, La Revolución
Cubana, alma mater de todos los mitos sucedidos en nuestra Isla, —antes,
o después— esa localizable acción mayoritariamente popular realizada
hace más de medio siglo, se fomentaba el machismo, se despilfarraba, se
alimentaban como alimañas los propios funcionarios encargados de
sustentar a la bestia.
“La afirmación de la hombría tanto para adultos, adolescentes, como para
niños, era en Cuba algo importante. La Revolución no había hecho sino
contribuir en este sentido. El imaginario del guerrillero eficaz y
valiente, entroncaba con el modelo del hombre valiente y viril al que
desde temprana edad se invitaba. La plana mayor de las comandancias
había hecho aportes nada desdeñables a esas sanas costumbres
evolucionadas. Todo aquél que no tuviera huevos de luchar no era digno
de ser considerado hombre”.
Porque la Revolución generó muchas cosas buenas, indiscutibles, pese a
ciegos adversarios: la educación, la , las posibilidades
parejas… pero también creó una casta, palabra que recobra vigor por
estos tiempos. De ésa casta que apenas tenemos noticias de sus vidas, de
esas personas que vivían en una Cuba paralela trata, también, éste libro.
Escrito sin duda con visibles propósitos de divulgar, exteriorizar
determinados razonamientos, pero también como una especie de personal
exorcismo, para eliminar el reflejo constante de una imagen que pesa,
lacera, un camino que sencillamente se negó a seguir, quizá más
desilusionado que triste.
“Las experiencias solo sirven para ser contadas”, asevera casi al final
de su testimonio.
También están sus desilusiones, los excesos provocados por una escasa
relación como hijo: la falta del padre ocupado todo el tiempo, los
sufrimientos de saber que luego está , la presión constante del
ejemplo de su tío. La casa vacía y la beca, la madre trabajadora y
militante que de la misma manera le falta…
4
Cuando salgamos de aquí, camino de nuestras casas, lo más seguro que una
imagen de Ernesto Guevara de la Serna, El Che, nos salga al paso. Ya sea
desde el grafiti de un muro, un anuncio de TV, camisetas de jóvenes o
una campaña de Coca Cola…
Del doctor argentino que se aventuró a conocer pueblos poco queda. Casi
nada incluso del guerrillero.
Más mercancía que héroe, el Che se revaloriza como producto en la venas
mismas del neoliberalismo. Derrumbado el socialismo en la mayoría de los
países que lo intentaron —esto es una idea que reciclo— la mitología
comunista ha encontrado una segunda posibilidad en el capitalismo.
La apuesta por el tiempo le ha sido favorable al comandante Guevara,
aunque posiblemente tampoco hubiera dado como real la manera. Es posible
que Martín, su sobrino que no pudo conocerlo en vida —solamente lo vio
de bebé— comprendiera la inutilidad de eliminarlo. Encontrara mejor
aliado en la comprensión, el asumir lo que realmente le trasciende del
mito de su tío, el Comandante Guevara, dejarlo en las carnes, en
definitiva, carne suya también.
Texto leído en el Teatro Buero Vallejo de Guadalajara, miércoles 15 de
octubre, en la presentación del libro A la sombra de un mito de Martín
Guevara.

Source: “A la sombra de un mito”, de Martín Guevara – Artículos –
Cultura – Cuba Encuentro –

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