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Sociedad

De 'buzos' a cuentapropistas

Augusto César San Martín Albistur

La Habana 20-08-2012 – 9:52 am.

'Todo se vende', dicen estos buscadores de la basura, cada vez más

comunes en las ciudades cubanas.

A diferencia de Marcos, Lazarito prefiere dormir en los alrededores del

cementerio y bucear (buscar) en la basura temprano en la mañana.

Marcos, su socio, elige pasar la tarde en portales y bucear en los

tanques de basura por las noches. Aunque tienen diferentes estilos de

vida y trabajo, todos los días se unen antes de culminar la mañana y

buscan un sitio para vender la vendimia de desechos.

"Cualquier tareco es vendible si se ofrece a buen precio", es la máxima

de Marcos. "Nada de esto costó un centavo, lo que me den, lo cojo".

Lazarito da más valor al negocio, él no rebaja el precio de la mercancía

con facilidad. "Esto no me costó dinero pero si horas metido en la

basura, entre escombros o allá, en Cayo Cruz (sitio donde se deposita la

basura de la capital)".

Siempre hay algo que vender, un teléfono de marcación por disco, luces

de navidad fundidas, un radio inservible, zapatos maltratados por el

uso, ropa vieja, pedazos de cables, frascos de perfumes vacios, todo

tipo de cosas que los buzos esparcen en los portales de cualquier

avenida capitalina.

Estos vendedores sin permiso no se ocultan, son temerarios, les da lo

mismo "una multa que tres noches en un calabozo de la Policía", dice uno

de ellos. "Cuando pasan los inspectores pidiendo la licencia de venta,

todos corren menos nosotros", se vanagloria Lazarito. A los vendedores

de basura las autoridades los califican como "menesterosos", palabra

utilizada por el gobierno para nombrar a los indigentes que viven en las

calles.

Pocas veces los inspectores les llaman la atención. Marcos atribuye la

indiferencia a que venden mercancías recolectadas de los basureros. El

nivel más alto de amonestación es la orden de recoger los tarecos y

retirarse del lugar. Ellos lo recogen todo, cruzan la calle y continúan

la venta en la acera del frente.

Berta, la novia de Marcos, aporta al negocio de forma diferente. Ella

consigue las cosas antes de que lleguen a los tanques de basura.

"Yo limpiaba casas, y siempre estoy pendiente cuando van a botar algo en

los lugares donde trabajaba para venderlo aquí", dice Berta. Pero cuando

"la cosa se pone dura", ella "bucea" en la basura con su novio. Antes

también recogía latas de refresco vacías para venderlas como materia

prima, pero desde que el gobierno comenzó a cobrar un impuesto por

"recolectar laticas", abandono la tarea.

Todos los días venden, la ganancia varía de regular a buena según las

expectativas de cada vendedor, multiplicados por las calles de La

Habana. A veinte pesos asciende el precio más alto de los productos

recogidos de la basura.

Cuando la mercancía es confiada por otra persona para vender, el precio

es mayor. Un reloj sin cristal, búcaros rotos, calculadoras antiguas,

tablas de planchar, cualquier objeto desgastado por el uso o en buen

estado pero pasado de generación, como un videotape Betamax. Lo más

lucrativo en este sentido son las cámaras fotográficas rusas de la

década del 70; los turistas extranjeros pagan hasta 10 dólares por ellas.

Marcos fue quien incorporó a Lazarito en el negocio cuando las ganancias

estaban en picada. "Antes era mejor, se podía trabajar solo, no había

inspectores, había más cosas en la basura y la gente regalaba lo que

ahora quiere vender", cuenta Marcos.

Tras la autorización del gobierno al trabajo por cuenta propia, no pocos

recolectores de basura solicitaron la licencia para vender. Unos se

dedicaron a la venta de productos usados de plomería, clavos reciclados

o cualquier herramienta desechada por su dueño. Otros navegaron con

suerte y comenzaron a surtirse de mercancías de primera calidad

proveniente de los negociantes del mercado negro, abastecidos por los

almacenes del Estado.

Como tres buceadores encuentran más que uno, Marcos se asoció con

Lazarito y Berta en la recolección de basura para la venta. Unen su

mercancía al final de la mañana y dividen las ganancias pocas horas después.

"A mí cincuenta pesos me bastan, si los tengo en la mano cuelgo los

guantes", comenta Lazarito. "Con veinte me compro un cajita de

frito con pollo en el barrio Chino, compro media de alcohol y me voy al

cine Chino que por cinco pesos veo cinco películas".

Marcos y su novia prefieren esperar a reunir un poco más, pero si salen

de la mercancía más cara que tienen a la venta, finalizan la jornada.

"Cien pesos, está bueno", afirma Berta.

La mayor aspiración de Marcos es convertirse en intermediario de los

mercaderes de la bolsa negra, solo así se decidiría a solicitar la

licencia de vendedor. Pero el negocio está apretado, no cabe un vendedor

más. Berta, por su parte, se conforma con no ser abandonada por Marcos.

Lazarito quiere aprender a tocar guitarra, se ha prometido hacerlo antes

de los veintisiete años, pero "a este ritmo dudo que en tres años pueda

comprarme el instrumento", dice mientras arma un bolígrafo a partir de

varios rotos.

http://www.diariodecuba.com/cuba/12620-de-buzos-cuentapropistas

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