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Los que a Cuba hicieron famosa

29 JUN 2012 | J. M. BALLESTER

Los Bacardí figuran entre los anticastristas más acérrimos: llegaron

incluso a planear atentados.

Durante un siglo Bacardí contribuyó de forma decisiva al desarrollo de

Cuba: apoyó la lucha por la independencia, financió todo tipo de

acciones culturales y contribuyó a su prestigio internacional. Todo se

interrumpió cuando confiscó la empresa a la venerable

familia. Desde entonces, los Bacardí figuran entre los anticastristas

más acérrimos: llegaron incluso a planear atentados.

El 4 de febrero de 1862, Facundo Bacardí Massó, un catalán de Sitges

emigrado veinte años antes a Cuba, fundaba la marca de ron que lleva su

nombre. No se trataba de una marca más: gracias a la clarividencia de

Facundo -plasmada en oportunas alianzas empresariales y en la apuesta

por la tecnología-, Bacardí no tardó en tomar ventaja sobre sus

principales competidores en lo que a calidad del producto se refiere.

Sin -y pese a que los primeros años fueron difíciles en lo

económico-, Bacardí completó su acierto inicial cuando decidió unir su

destino al de Cuba y convertirse en un embajador de facto de la isla.

Pero no solo a efectos publicitarios: el compromiso de la familia

Bacardí también significaba compartir la suerte y las aspiraciones de

los cubanos. Emilio Bacardí Moreau, hijo mayor de Facundo, era el

elegido para personificar el compromiso.

Disponía de las bazas necesarias

Empezando por las intelectuales. Nacido en Santiago de Cuba en 1844, sus

padres decidieron enviarle a Barcelona, donde pasaría la última parte de

su infancia y la primera de su juventud. Emilio no desaprovechó su

estancia en la Ciudad Condal: arropado por un pariente que estimuló su

intelecto, leyó a los autores más avanzados de su época, como Victor Hugo.

De vuelta a Cuba, poco tardó en sacar provecho de esta formación liberal

y pronto se dio cuenta de que cada vez un mayor número de cubanos se

distanciaba de España. Pero todavía quedaban algunos años para que

Emilio abogase abiertamente por la independencia total. Por entonces

-mediados de la década de 1860- achacaba los males de Cuba a la

Administración colonial y no a España.

Esclavitud

Esta postura era sincera, pero también se explicaba porque la metrópoli

era uno de los principales clientes del ron que producía su familia. No

obstante, ese dinero que llegaba desde España no sería un obstáculo para

avanzar en el independentismo, según se intensificaba la represión en la

isla.

Tras primera guerra por la independencia -entre 1868 y 1878-, vinieron

quince años de tregua que Emilio aprovechó para consolidar su doctrina

en pro de la independencia y también de la igualdad racial: escribió una

novela, Vía crucis, que era todo un alegato contra la esclavitud.

Mientras tanto, la marca Bacardí iba diversificando sus ventas

-principalmente en -, lo que la ayudaba a ser cada vez más

autónoma. Así las cosas, no se podía llegar en mejores condiciones a la

segunda -y definitiva- guerra por la independencia, la que transcurrió

entre 1895 y 1898.

En ese conflicto, los Bacardí no se quedaron de brazos cruzados:

mientras Emilio -que ya había superado la cincuentena- realizaba

eficaces labores de retaguardia, su hijo Emilito se lucía en el frente.

En principio a los Bacardí la jugada les salió redonda, pues su causa

triunfó y su compañía no perdió dinero en la contienda. Con lo que no

contaban era con la ocupación norteamericana de Cuba: apostaban por un

país totalmente independiente.

Aun así, Emilio -su prestigio le había convertido en un notable de

Santiago- optó por el pragmatismo y decidió colaborar con las nuevas

autoridades porque asociaba a Estados Unidos con la modernidad que tanto

ansiaba como liberal que era; aunque sin renunciar a sus objetivos

últimos. Los norteamericanos, sabedores de su buena voluntad, le

nombraron alcalde de Santiago de Cuba. Durante sus años de mandato,

Emilio cambió el rostro de la ciudad.

De la política municipal Emilio pasó a la nacional y consiguió, a

principios del siglo XX, un escaño de senador. No ocupó cargos de

relevancia, pero mostró pública y abiertamente su preocupación acerca de

la incapacidad de Cuba para construir una democracia estable y sólida.

Si pudo dedicarse casi a tiempo completo, es porque dejó el negocio en

buenas manos: sus hermanos y sobrinos y, sobre todo, su cuñado Enrique

Schueg.

Su buen hacer fue crucial para que en 1925, Bacardí fuese ya la primera

empresa industrial de Cuba. Sin embargo, también se benefició de una

oportunidad excepcional que las circunstancias le brindaron: la

implantación de la ley seca en Estados Unidos. Tiempo faltó a decenas de

miles de norteamericanos para desembarcar en La Habana y atiborrarse de

ron Bacardí. Por si acaso, Schueg y sus equipos instalaron puntos de

distribución en Canadá y en Méjico.

Avión de caza

Desgraciadamente, el éxito comercial tuvo como corolario el acoso

político; en los años treinta Cuba había inaugurado la era de los

presidentes sin escrúpulos. El primero de ellos fue Gerardo Machado, que

ordenó una serie de controles fiscales arbitrarios en Bacardí. Schueg se

defendió; el terminó por darle la razón no sin antes advertirle

que si seguía protestando, podía ser acusado de conspiración.

A Machado le sucedieron unos mandatarios incompetentes que tampoco

facilitaron la vida a la Bacardí. Pero las embestidas de estos contra la

famosa compañía poco tuvieron que ver con las que emprendió Fulgencio

Batista, que ocupó la presidencia de Cuba por primera vez entre 1940 y

1944. De derechas, pero necesitado del apoyo de los sindicatos

comunistas para asentar su popularidad, Batista no dudó en fomentar una

huelga en Bacardí. Sometió a la empresa a un tira y afloja constante.

Con esta actitud se ganó para siempre la antipatía y la desconfianza de

Bacardí. Para entonces, los directivos de la firma, conscientes de la

inestabilidad patológica de Cuba, ya habían empezado a dotar a la

empresa de personalidad en Méjico y en Puerto Rico, países en los que

abrieron destilerías. Pero su compromiso cívico con Cuba permanecía intacto.

En el plano político, el nuevo jefe de Bacardí, Pepín Bosch, aceptó la

cartera de Hacienda en el breve periodo democrático de Carlos Príes. En

su breve estancia, saneó las cuentas y combatió la corrupción. En el

plano cultural, Bacardí estuvo en primera línea en los cincuenta:

patrocinó a Celia Cruz y organizó el homenaje de Cuba a Ernest Hemingway

tras ganar el Nobel de Literatura.

Pero no se olvidaban de su lucha contra Batista: Bosch pagó de su

bolsillo los entierros de los fallecidos en el asalto al cuartel de

Moncada. Esta fue la primera algarada del joven Fidel Castro, en quien

Bosch depositó sus esperanzas para derrocar a Batista. Tanto que le donó

38.500 dólares cuando Castro ya estaba en la Sierra Maestra. Cuando

triunfó la revolución, Bosch aplaudió.

Sus primeras dudas surgieron cuando acompañó a Castro a Washington -a

petición de este último- y advirtió sus intenciones totalitarias. Le

siguió apoyando ingenuamente hasta que el 15 de octubre de 1960, Fidel

confiscó Bacardí sin contemplaciones. Por segunda vez en tres años -la

primera fue con Batista-, Bosch partía hacia el exilio, y esta vez de

forma definitiva.

En Miami, el antaño progresista Bosch rebosó de actividad: facilitó la

llegada a Florida de muchos empleados suyos, ganó la batalla judicial al

castrismo acerca de la propiedad de la marca. Pero lo esencial estaba

por llegar: apoyaba la lucha armada. De entrada, varios Bacardí

participaron en el desembarco de Bahía de Cochinos.

Bosch no desesperó y llegó a comprar un avión de caza para que

bombardease refinerías de petróleo en Cuba. La CIA le disuadió de seguir

adelante con sus planes. Más adelante, planeó atentados en Cuba con la

ayuda de la mafia. De nuevo, la CIA se interpuso. Desde entonces, optó

por el lobbying. Pero nunca más volvió a ver una Cuba libre. Y no es una

referencia a la famosa bebida de Bacardí.

"Los Bacardí se sintieron engañados por Castro"

Diez años le ha costado al periodista Tom Gjelten escribir la

trayectoria de los Bacardí, 'Bacardi, la larga lucha por Cuba'. Entre

otras cosas, por las dificultades que tuvo que sortear para investigar

en Cuba. No obstante, el esfuerzo ha merecido la pena por los datos

inéditos que aporta no solo a la historia de la isla caribeña, sino

también a la de Estados Unidos y a la de España.

-Todo empieza cuando un humilde señor de Sitges emigra a Santiago de

Cuba a mediados del siglo XIX.

-Eso es: Facundo Bacardí era muy ambicioso y buscaba fama y fortuna,

pero no sabía dónde encontrarlas. Por entonces, en Cuba la caña de

azúcar era un cultivo muy importante, pero se desechaba la melaza: el

genio de Facundo fue saber utilizarla para refinar el ron.

-¿Cuáles fueron las consecuencias?

-Hasta ese momento, el ron era una bebida de clase baja. Gracias al

ingenio de Facundo, este se pudo mezclar con zumos y refrescos. Este ron

ligero no tardó en adquirir reputación en todo el mundo.

-El reconocimiento planetario no tardó en llegar.

-El primer premio importante fue en la Exposición de Filadelfia en 1876.

Poco después, el ron Bacardí fue galardonado en Madrid y Barcelona.

-Precisamente, ¿cómo compatibilizaban los Bacardí su éxito comercial en

España con su independentismo?

-Digamos que supieron separar el negocio de la política y repartirse los

papeles. Facundo hijo era el mezclador oficial mientras que su hermano

Emilio estaba involucrado en la política; el cuñado de ambos, Enrique

Schueg, estaba dedicado en cuerpo y alma a la gestión empresarial.

-¿Financiaron los Bacardí el movimiento independentista?

-No lo creo, porque en ese momento no disponían de tantos recursos. No

hay que olvidar que, en sus primeros treinta años de vida, la empresa

rozó la bancarrota en repetidas ocasiones. Por lo tanto, su papel era

más de enlace.

-¿De qué forma?

-Emilio recaudaba fondos e hizo de su negocio una tapadera. Sin ir más

lejos, aprovechaba sus visitas a las plantaciones para establecer

contactos con los rebeldes.

-¿Cómo explica el compromiso político de los Bacardí?

-Quisieron estar asociados con la nación cubana. El patriotismo político

y cultural siempre ha contado para Bacardí.

-¿Se sintieron engañados por Fidel Castro, al que apoyaron en un principio?

-Totalmente. Representaban al sector de la burguesía según el cual nada

había nada que temer de Castro. Eso explica su posterior ira anticastrista.

-¿Hay futuro para Bacardí en una Cuba poscastrista?

-Les gustaría volver a Cuba para aprovecharse del mercado nacional.

Sería un regreso más comercial que político.

http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/sociedad/los-que-cuba-hicieron-famosa-20120629

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