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Política
A la espera de un futuro mejor

Sólo la Cuba oficial celebra y se maravilla por las décadas
transcurridas desde el primero de enero de 1959.

Marifeli Pérez-Stable, Washington | 10/02/2009

Hace cincuenta años los cubanos se regocijaron con la caída de Fulgencio
Batista. Hoy la alegría no es la emoción que predomina. Otros
sentimientos —la apatía, la ira, la desesperación y el amargo
resentimiento— están en nuestros corazones. La pérdida y la tristeza
(por las vidas perdidas, las familias separadas, la fe rota del pueblo)
son sobrecogedoras. Sólo la Cuba oficial celebra y se maravilla por las
décadas transcurridas desde ese, tan lejano ya, primero de enero.

La razón para que Cuba hiciera una revolución en 1959 es una
interrogante que perdura. Aunque no era inevitable, la revolución fue
posible por nuestra historia. La soberanía nacional, la justicia social
y la democracia habían sido aspiraciones cubanas desde el siglo XIX.
Entre los años 1902 y 1959, la República gozó de ellas en forma
desigual, lo que no es nada sorprendente porque casi nunca el progreso
es nítido o terso.

La Enmienda Platt (1901-1934), que permitía la intervención de Estados
Unidos para asegurar el orden, limitaba la primera república. Después de
la Guerra Hispano-Cubana-Americana, ocupó Cuba y luego
impuso la enmienda como una condición para su retirada. La Asamblea
Constituyente, en un gesto adecuado de pragmatismo, la aceptó.

El 20 de mayo de 1902, los cubanos, alborozados, dieron la bienvenida a
su independencia. Tomás Estrada Palma, nuestro primer , había
vivido en el exilio, en Estados Unidos, por tres décadas. Regresó para
realizar un recorrido desde Gibara —de donde había sido expulsado por
los españoles por sus actividades patrióticas— hasta La Habana. Por
todas partes el pueblo se aglomeraba, con flores en las manos y gritos
ensordecedores de "¡Viva!" para recibirlo. Hasta 1959 no se emocionarían
los cubanos de igual manera.

Abismo entre las áreas rurales y urbanas

En la década de los años cincuenta, Cuba ocupaba uno de los lugares
cimeros en América Latina en indicadores per cápita tales como
alfabetización, urbanización, graduados universitarios, esperanza de
vida y mortalidad infantil. Éramos más modernos, aunque no de manera
uniforme. De hecho, el progreso resaltaba más la desigualdad creciente:
muy pronunciada entre La Habana y el resto de la Isla, y entre las zonas
urbanas y las rurales.

El empleo y la industria azucarera estaban en el centro de la economía
cubana. El desempleo promediaba un 16% al año, aunque menos del 70% de
la fuerza laboral trabajaba a tiempo completo. Ya el azúcar no sostenía
el crecimiento y la diversificación económica mediante la industria se
realizaba con lentitud y, fundamentalmente, en los alrededores de La
Habana. El azúcar todavía representaba un tercio del sector industrial,
más de la mitad del agrícola y un cuarto de la fuerza laboral.

Así, la creación de empleos y un crecimiento económico mayor necesitaban
de la diversificación. Un solo indicador —tonelaje de azúcar per cápita—
marcaba la problemática cubana. Desde una tonelada per cápita que se
lograra a mediados de la década de los años veinte, la producción de
azúcar había descendido a 0,86 per cápita en los años cincuenta. Un
informe del Banco Nacional razonaba con elocuencia: "Si no damos a
nuestra economía una estructura y orientación que permitan una
distribución equitativa y adecuada de los medios de vida, días muy
aciagos nos esperan".

Pero la economía no hundió a la vieja Cuba. Fue la política. En 1933,
los cubanos se rebelaron contra la dictadura de Machado y contra Estados
Unidos. Durante años, la Isla se agitó con las revueltas sociales y la
represión política. En 1940, la clase política se unió para elaborar una
nueva constitución que ensalzara las libertades civiles y la justicia
social. Batista, quien había surgido en medio de la convulsión, fue
elegido legalmente como presidente de Cuba.

Desde 1940 hasta 1952, Cuba fue una democracia de avanzada en una
América Latina abrumada por las dictaduras. Los cubanos disfrutaron de
mayores libertades que las que habían conocido hasta entonces y, por
supuesto, después. Sin , no todo andaba bien. Los políticos no
rompían con sus hábitos corruptos, que pronto desilusionaron a la
ciudadanía. En La Habana, especialmente, los grupos de acción luchaban
entre sí para lograr influencia y prebendas.

El 10 de marzo de 1952, el golpe de Estado de Batista contribuyó
decididamente a la desilusión del electorado. Al principio, la oposición
confió en la posibilidad de sostener negociaciones para restaurar la
Constitución de 1940 y convocar a nuevas elecciones. En 1955,
fugazmente, pareció posible esa solución, pero Batista no negoció en
serio y la oposición abandonó la estrategia de la resistencia cívica,
que pudiera haberle forzado la mano a una salida negociada. La tesis de
—que sólo las balas y no los votos podrían derrocar la
dictadura— ganó la partida.

Después de 1959, la revolución deslumbró al pueblo cubano. Aun después
de tornarse dictatorial, la mayoría de los cubanos confiaba en un futuro
mejor. Los opositores fueron llevados al paredón, sufrieron largas
condenas de prisión, se marcharon al exilio o se vieron forzados al
silencio.

Cuba tiene ahora una oposición nacional que confía en las vías
pacíficas. Los exiliados también han renunciado a la . Por su
parte, sin embargo, la Cuba oficial depende de la represión para
mantener el statu quo. Pero, más adelante, pudieran surgir oportunidades
para un diálogo significativo que no debieran despreciarse. Si así
fuera, ojalá que respondamos habiendo aprendido la lección que la
política ejercida a plenitud es el único camino para que, por fin, Cuba
ande por buen camino.

http://www.cubaencuentro.com/es/cuba/articulos/a-la-espera-de-un-futuro-mejor-154609

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